Cuando él regresara, Aurora tendría que tomar sus cosas y largarse.
En ese momento, ella, la nana que había criado a Ricardo desde pequeño, volvería a ser la dueña absoluta de esa mansión. El control total estaría en sus manos, tal y como siempre había querido.
No podía con la rabia. Solo esperaba el regreso del señor Morales para poder quejarse como se debe. Entonces, tanto Aurora como Tomás iban a recibir su merecido, y no habría nadie que los salvara.
Brenda, al ver que sus quejas no daban resultado, se tragó su coraje y se fue a dormir con la cabeza hirviendo de frustración.
Mientras tanto, en el segundo piso, Aurora disfrutaba de una buena cena y una bebida tibia.
Ahora Diana se había convertido en la nueva ama de llaves, gracias a Aurora. Estaba tan entusiasmada con su nuevo puesto que no paraba de atenderla: le daba masajes en la espalda con un pequeño martillo suave, le traía toallas calientes empapadas en leche fresca y esencias de rosa para que se las pusiera en la cara.
Aurora estaba tan cómoda que parecía flotar en una nube. Miró la hora en su celular. Faltaban diez minutos para las ocho.
Y justo a las ocho en punto iba a empezar la transmisión en vivo donde Lavinia pediría disculpas.
Aurora le pidió a Diana que le acercara la tablet y la colocara en el soporte. Con una taza de té tibio entre las manos, se acomodó para ver el espectáculo desde la plataforma de streaming.
Como era de esperarse, a las ocho en punto, Lavinia apareció frente a la cámara, vestida y arreglada para verse como una pobre víctima. Sus ojos, maquillados con un toque de rubor en las comisuras, lucían enrojecidos, como si en cualquier momento fuera a llorar. Parecía salida de una telenovela.
Sostenía un pañuelo de seda entre los dedos pálidos, sollozando mientras ofrecía disculpas con voz temblorosa.
[Queridos seguidores, de verdad lo siento mucho. Esta noche estoy aquí para pedirle disculpas públicas a la señorita Moana de la Compañía de Entretenimiento Limón Verde.]
[Mi representante se equivocó y tomó su agenda de presentaciones, ocupando los recursos que le correspondían. Les pido disculpas sinceramente.]
[Me retiro del programa. Espero que Moana siga brillando y logre mucho éxito.]
—Vaya—, pensó Aurora, —qué buena es para hacerse la víctima—.
Observó la actuación de Lavinia con interés. Seguro que su hermano la había estado asesorando detrás de cámaras, diciéndole que culpara a su representante y así salir bien librada del problema. Por eso no se le notaba ni una pizca de nerviosismo.
Y como Lavinia estaba vendiendo lástima, la audiencia de la transmisión se disparó: ya había alcanzado los diez millones de espectadores.
Los comentarios de los fans llenaban la pantalla:
[Un abrazo, Lavi, tú puedes.]
[Lavi, no es tu culpa. ¿Por qué no cambias de representante?]
[Ahora veo que no fue tu intención quitarle el lugar a Moana. Debe ser un malentendido. No te pongas triste.]

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