—También vendrá un especialista en ajustes postparto —anunció la empleada, con un tono que buscaba agradar.
—Todo esto lo reservó el señor con medio año de anticipación para usted. Él sabe cuánto le importa verse bien y teme que, después de tener al pequeño, usted termine culpándolo por haberla hecho pasar por esto.
—La verdad, el señor está completamente entregado a usted y le dedica todo su cariño —comentó la empleada, como si compartiera un secreto que todos en la casa sabían.
Todas las personas que trabajaban ahí podían ver el esfuerzo y devoción de Ricardo por Aurora. Sin embargo, ella parecía ser la única incapaz de notarlo. Seguía quejándose de él, como si no pudiera apreciar la fortuna de tenerlo a su lado.
Aurora escuchaba en silencio, sintiendo que el corazón se le apretaba cada vez más. El nudo en la garganta casi le sacaba las lágrimas, pero recordaba las palabras de su madre: llorar durante la cuarentena le haría daño a los ojos. Así que se obligó a aguantar.
La empleada notó su silencio y se preocupó de haber hablado de más.
—Señora, perdón, no debí meterme en lo que no me corresponde —se disculpó, inclinándose con apuro.
—No te preocupes —dijo Aurora, levantando la mirada—. Pero de ahora en adelante, todo lo que el señor les pida en secreto para cuidarme, quiero saberlo. ¿Quedó claro?
La empleada asintió con rapidez.
—Sí, señora.
Aurora no agregó nada más. Bajó la mirada y siguió comiendo lentamente su cena.
...
Pasados unos minutos, Brenda irrumpió en el comedor con el ceño fruncido y el paso firme. Detrás de ella venían dos empleadas de la cocina. Diana, la encargada, las había traído al piso de arriba.
En cuanto entraron, las dos empleadas de la cocina saludaron con respeto. Brenda, en cambio, apenas levantó la barbilla y soltó un saludo desganado:
—Señora.
Aurora dejó los cubiertos sobre la mesa y la observó con una media sonrisa. No podía evitar ver lo ridículo de la situación: ¿quién le había dado tanta confianza a Brenda? ¿Por haber cuidado a Ricardo cuando era niño, ya se creía la dueña de la casa?
—Las llamé porque tengo algo importante que anunciar —dijo Aurora, dirigiendo su atención a la mesa y señalando el tazón de postre frío—. Brenda, este postre sabe raro.
—¿No crees que alguien anduvo recortando ingredientes?
Al oír esto, a Brenda se le heló la sangre, pero luego recordó que en la cocina no había cámaras. Recuperó el aplomo y respondió:
—Señora, eso es imposible. Siempre preparamos los postres personalmente. Nadie se atrevería a hacer trampas.
Se atrevió a lanzar una indirecta:
—¿No será que, después del parto, sus papilas gustativas ya no funcionan igual?
Las otras empleadas se quedaron boquiabiertas. ¿Esta Brenda se había vuelto loca? ¿Cómo podía atreverse a burlarse así de la señora?
Aurora soltó una risa breve y la llamó con la mano:
—Si de verdad crees que el problema soy yo, entonces tómate el postre tú.

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