Él no era capaz de olvidarla por completo, ni de arrancarla de su corazón de forma definitiva.
Además, sabía perfectamente que las secuelas físicas para una mujer al tener un hijo eran irreversibles.
Lo tenía claro.
Por eso, no quería que, cuando finalmente decidiera dejarla ir, ella no supiera cómo cuidarse sola.
Aurora escuchó la preocupación genuina de Ricardo, y sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Para evitar que esas gotas rebeldes rodaran por sus mejillas, inclinó la cabeza hacia atrás y presionó el lagrimal con los dedos.
—Está bien, cuando el bebé despierte mañana, te mando unas fotos para que las veas —prometió, fingiendo que nada le afectaba.
Ricardo asintió al otro lado.
—Auri, tengo que atender un asunto aquí.
—Te llamo después.
Él siempre se mantenía con ella amable, correcto, cuidando cada gesto y palabra.
Le regalaba a esa “mala” esposa toda la dignidad y el último destello de caballerosidad.
Si hubiera sido otro esposo, al enterarse de que ella había puesto en peligro la vida de su propio hijo, ya ni hablar del divorcio… seguro que hasta la habría denunciado con la policía.
Aurora sabía que, en el fondo, debía considerarse afortunada de haber conocido a alguien como Ricardo.
Era dulce, generoso, atento… y encima, guapo y adinerado.
—Amor, cuando vuelvas, ayúdanos a ponerle nombre a nuestro bebé —le dijo con la voz temblorosa, apretando el celular contra su pecho—. Yo te voy a esperar aquí.
Esa última frase, dicha casi en un susurro, llegó justo cuando Ricardo ya se preparaba para colgar. Sintió un golpe en el pecho, como si el corazón se le hundiera.
Una sensación extraña lo recorrió.
Después de unos segundos, disimuló el temblor en la mirada y prefirió no decir nada.
Colgó la llamada y se volcó de nuevo en el trabajo.
...
Mientras tanto, en el hospital, Aurora se recostó satisfecha tras haber escuchado la voz de Ricardo. Le pidió a la enfermera que le alcanzara el botiquín para limpiar la herida leve que se había hecho antes.
La empleada desinfectó la zona y le puso un pequeño parche impermeable.
Aurora volvió a la cama con la intención de dormir, pero el sueño no quiso llegarle.
Cada vez que cerraba los ojos, solo podía ver el rostro de Ricardo, sufriendo por su culpa.
El remordimiento la golpeó fuerte.

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