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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 25

—Tú... —Ricardo se quedó en blanco por unos segundos, como si el mundo se le tambaleara un instante.

Al fin y al cabo, era un hombre con años de experiencia en los negocios. Sabía cómo tragarse sus emociones y necesidades, y también cómo recobrar la compostura cuando algo lo sacaba de balance. Rápido, volvió a esa expresión distante, como si nada hubiera pasado.

—Descansa bien —añadió, con ese tono que cerraba la puerta a cualquier otra conversación.

Aurora asintió obediente y, cuando el pequeño en sus brazos terminó de alimentarse, lo acomodó con cuidado. Entonces, casi sin que él lo esperara, ella se atrevió a tomar su mano. Sus dedos se entrelazaron con los de Ricardo, largos y fuertes, acostumbrados tanto al gimnasio como a firmar documentos, con callos que los hacían sentir rugosos al tacto, pero de una manera que le erizaba la piel.

Habían estado casados por un año. En ese tiempo, solo una vez habían compartido la cama, la noche de la boda, y ambos iban un poco pasados de copas. Ella no había pedido una habitación aparte y esa vez él la había abrazado y, sin reservas, la había hecho suya.

El recuerdo de esa noche, aunque ya borroso con el paso del tiempo, aún le provocaba escalofríos. No importaba cuánto tratara de olvidarlo, nunca se le borró de la mente la sensación de esos dedos firmes y ásperos apretando su piel sensible, desatando en ella un torbellino de deseo. Aquella noche, entre hormonas y atrevimiento, Aurora se sintió plena. Pero no supo valorar lo que tenía.

Mientras pensaba en esos momentos, el color subió a sus mejillas y una calidez suave se esparció en su rostro. Sus dedos, temblorosos pero decididos, apretaron con más fuerza la mano de Ricardo. Alzó los ojos y lo miró con esa mezcla de anhelo y arrepentimiento que le revolvía el pecho.

¿Cómo no se había dado cuenta antes? Tenía junto a ella a un hombre único, con un cuerpo de infarto y un corazón que valía oro, y ella lo había dejado pasar como si nada. Aurora sentía ganas de darse un buen golpe en la cabeza por su ceguera.

En cuanto saliera del hospital, pensó, tenía que buscar a una especialista en recuperación postparto para que le ayudara a cuidar su cuerpo. Así, cuando Ricardo regresara del extranjero en tres meses, ella ya estaría lista para dejar de dormir en cuartos separados. Esta vez, se mudaría directo a la habitación de él.

Sonrojada, tejía en su mente un plan para reconquistar a su esposo, cuando de pronto, el bebé en sus brazos tosió suavemente.

Aurora, que no tenía mucha experiencia cuidando niños, se asustó. Levantó al pequeño con rapidez y, nerviosa, preguntó:

—Amor, ¿por qué está tosiendo el bebé? ¿No estará haciendo frío aquí? ¿Le pongo una cobijita?

No terminó de hablar, porque Ricardo ya se había agachado para tomar al pequeño en sus brazos y ponerlo sobre su hombro, dándole suaves palmaditas en la espalda.

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