Nadie sabía cuánto tiempo había estado parado ahí.
Ni cuánto tiempo llevaba escuchando.
De todos modos, ella ni por error se había acercado demasiado a César.
Su conciencia estaba tranquila.
—¡Amor! —Aurora le saludó agitando la mano, y enseguida miró a César, quien seguía sin vergüenza plantado ahí—. Cesi, si estás enfermo, mejor vete a descansar a tu casa.
Sus palabras tenían doble filo.
El rostro de César se tensó un instante. Volteó a ver al hombre de porte imponente que se apoyaba contra el carro de lujo.
César solo pudo lanzarle una mirada de reproche a Ricardo, tan llena de resentimiento que cualquiera la habría notado.
Aun así, forzó una sonrisa de lo más falsa y dijo:
—Hermana, me voy entonces.
—No voy a casarme con Noemí, así que ya no te preocupes por eso.
Aurora se encogió de hombros, con una media sonrisa.
—Pues primero ve y arréglatelas con la señorita Cordero.
César asintió, ja, lidiar con Noemí, esa mujer, no le parecía nada complicado.
Se fue convencido de que todo tenía bajo control y se dio la vuelta para marcharse.
Pero justo al pasar junto a Ricardo, César soltó una risa burlona y no pudo evitar provocarlo:
—Cuñado, tú no tienes manera de ganarme.
Ricardo frunció el ceño, su mirada se endureció:
—Atrévete, a ver si es cierto.
Jamás había considerado a César como alguien digno de su atención.
César bufó, se llevó la mano al pecho y se marchó a grandes zancadas.
Apenas desapareció ese tipo problemático, Aurora no lo pensó dos veces: dejó caer su bolso carísimo en el asiento, sujetó la falda de su vestido y corrió hacia Ricardo.
Lo rodeó con los brazos por la cintura.
—Amor, ¿cuánto escuchaste de lo que decíamos?
Ricardo relajó su expresión y sonrió de lado, con ese atractivo que lo volvía irresistible.
—Casi todo.

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