—Hermana, en este mundo solo yo sería capaz de arriesgar la vida por ti, solo yo haría lo que fuera para salvarte y ayudarte.
—Solo yo…
Las palabras de César quedaron flotando en el aire.
—¡Paf!—
Aurora ya no tenía paciencia para escuchar tanta tontería; alzó la mano y le dio una cachetada.
—Cesi, a fin de mes te vas a comprometer.
—Deja de meterte en los asuntos entre tu cuñado y yo.
—No quiero escucharte.
César frunció el ceño y, por un instante, se llevó la mano a la mejilla, mirándola con sorpresa.
Quizá, desde el momento en que ella, “por accidente”, le había clavado las tijeras más profundo, debió entenderlo todo.
Su hermana tonta ya se había puesto del lado de Ricardo desde hace tiempo.
¿Qué seguía esperando?
Con lo poco que Aurora pensaba, antes le armaba cualquier “accidente” y ella se ponía tan sentimental que terminaba consintiéndolo como si fuera su hermanito de sangre.
Pero ahora, bastó con que Ricardo le llenara la cabeza de ideas…
Y ella se inclinó por Ricardo.
—Je, vaya…—
Era evidente que ya debía despertar y dejar de depender de esta hermana tan tonta.
Por dentro, César se reía con amargura.
Sin embargo, en su cara seguía fingiendo ser un pobre tipo, todo lastimado y con carita de bueno.
—Hermana, disculpa.
—Me pasé de la raya.
Aurora simplemente se quedó viéndolo, paciente, sin apuro por deshacerse de él de inmediato.
—Mejor vete a descansar y recupérate.
—Y no hagas enojar a la señorita Noemí, pronto serán esposos.
—Cesi, tienes que madurar, yo no puedo seguirte resolviendo la vida toda la vida.
—Yo también tengo mi propia familia.
Aurora sacó una servilleta de su bolso y, justo delante de él, se limpió los dedos. César lo notó perfectamente, entendiendo que lo hacía porque le daba asco.

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