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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 155

Hospital San Salvador

Después de ser llevado de vuelta a la habitación VIP para recuperarse, César tenía el pecho envuelto en gruesos vendajes para detener la hemorragia. Ya podía abrir los ojos y se apoyaba en la almohada mientras platicaba con Lavinia, aunque era evidente que la herida había sido seria.

La puñalada, si bien no alcanzó el corazón, sí penetró en la cavidad torácica y le lastimó los músculos.

Había perdido bastante sangre.

Se veía débil; su cara, siempre tan serena, ahora lucía pálida.

—Lavi, pídele a tu representante que te ayude a cambiarte de hospital.

—Voy a buscar al mejor cirujano plástico para que te ayude a recuperar tu cara.

Noemí no se había tentado el corazón; le había fracturado el hueso de la frente a Lavinia.

Hacía falta una cirugía para corregir la fractura. Si no lo hacía, su cara podría quedar deforme para siempre.

Ella era su adoración. No quería que su rostro se arruinara.

Pero Lavinia no estaba de acuerdo. Con los ojos rojos, miró al hombre que, todavía débil, le hablaba desde la cama:

—Cesi, ya no hables, mejor descansa.

—Todo lo que Aurora te hizo, yo me voy a encargar de que lo pague.

Lavinia le apretó la mano, mordiéndose los labios:

—Por favor, no te vuelvas a lastimar.

César le acarició la cabeza con ternura.

—No digas tonterías, no me va a pasar nada.

—Aurora no se atrevería a matarme. Todavía tengo acciones y secretos de la familia Rosales en mis manos.

—Si me hace algo, la familia Rosales se va a venir abajo.

Lavinia negó con la cabeza.

—A estas alturas, ya ni siquiera te escucha.

—No podemos controlarla, y si no se divorcia de Ricardo, aunque tú tengas el control del Grupo Rosales, ella va a buscar la manera de recuperarlo usando a Ricardo.

César soltó una carcajada cargada de cinismo.

—Ellos dos van a divorciarse, te lo aseguro.

—No voy a dejar que sea feliz.

—Eso es algo que ella le debe tanto a ti como a la familia Paredes.

—No llores, mi niña, hazme caso y vete ya a otro hospital —insistió, volviendo a acariciarle la cabeza—. Si no, esa mujer, con su veneno, va a volver a buscarte. Ahora que estoy herido, no puedo protegerte bien.

El corazón de Lavinia se llenó de dudas.

—Pero tú estás muy grave, no quiero dejarte solo.

—No te preocupes, la puñalada no me dañó el corazón, no voy a morirme.

—Vete antes de que pase algo peor —le pidió con voz débil.

Apenas terminó de hablar, el representante de Lavinia, que esperaba cerca, se la llevó apresurado.

Cuando ella se fue, Manuel, su hombre de confianza, entró corriendo a la habitación.

—Señor Rosales, ¿cómo se siente?

César cerró los ojos, conteniendo el rencor que sentía en el pecho.

—No me voy a morir.

—Y ya no investigues qué le dio Ricardo a Aurora.

—Ahora ella está totalmente obsesionada con él, solo le hace caso a Ricardo.

Manuel asintió, visiblemente preocupado.

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