Aurora se secó las lágrimas justo cuando el elevador llegaba al octavo piso, donde estaba el área de cirugía.
Al abrirse la puerta, ella se frotó la sien, sintiendo la cabeza a punto de estallar, y se preparó para salir.
—¡Pam!—
De pronto, se estrelló de lleno contra un pecho firme pero cálido, envuelto en un aroma a sándalo y cedro que reconoció al instante.
Era el olor de su esposo.
Alzó la mirada y, como lo imaginaba, era Ricardo.
Él sostenía el celular, a punto de marcarle. En la pantalla ya aparecía su número.
Con el ceño marcado por la preocupación y la voz rasposa, le habló con una mezcla de angustia y tristeza:
—Auri, ¿dónde estabas?
—La operación de Valen ya terminó. Por ahora está fuera de peligro.
—Pero no tiene muchas ganas de luchar, así que debe quedarse en observación en cuidados intensivos.
Aurora, al ver el rostro apesadumbrado de su esposo, sintió un nudo en el pecho, como si la culpa le quemara por dentro.
Si ella no hubiera dejado entrar a la persona equivocada en sus vidas, quizás nadie cerca de Ricardo estaría sufriendo en ese momento.
Pero ya nada de eso tenía remedio.
Lo único que podía hacer era enmendar sus errores, uno por uno.
Solo así tendría sentido todo lo que había hecho en su vida pasada, cuando se arrodilló 999 veces suplicando al cielo.
El destino, al final, le dio otra oportunidad.
—Amor, fui al baño y después sentí que me faltaba el aire, así que bajé a tomar un poco de aire fresco.
—Ya me siento mejor.
—Quiero ir a ver al señor Fajardo.
Ricardo la miró con detenimiento. Todavía tenía el rostro algo pálido, resultado de haber donado sangre hacía poco. Se notaba frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento.
Él la observó con culpa en el corazón.
Auri había salvado la vida de Valen.
Debería haberle pedido a alguien que la acompañara, no dejarla sola por ahí.

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