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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 121

Ricardo salió del baño después de unos minutos tratando de serenarse. Ese rostro tan atractivo suyo ya lucía como siempre, sin rastro de lo que acababa de pasar, salvo por un leve rubor que aún se asomaba en la punta de su oreja, apenas visible bajo su cabello oscuro y corto.

Había recuperado por completo su porte habitual, tan reservado y distante. Echó un vistazo al reloj de lujo en su muñeca, que marcaba ya el final de la mañana. Decidió regresar a su oficina para continuar con los asuntos pendientes.

Apenas llegó a la puerta del despacho, Tomás, siempre puntual y atento, se adelantó para abrirle.

—Señor Morales, el señor Mejía ya llegó —le informó en voz baja—. Lo está esperando en su oficina.

¿Marcelo Mejía?

—¿Dijo a qué venía? —preguntó Ricardo, girando la cabeza para mirar a Tomás.

Tomás negó con la cabeza.

—El señor Mejía no comentó nada, pero supongo que vino a verlo porque se enteró de que ya regresó al país. Además, trae un regalo; parece que es para el pequeño.

Ricardo asintió en silencio y empujó la puerta, entrando en su oficina. Tomás se encargó de cerrarla tras él; la pesada puerta de madera maciza selló el ruido del pasillo y el bullicio del resto de la empresa.

En el interior, sobre el escritorio, había una enorme caja de productos para bebé, cuidadosamente envuelta y con lazo. Frente a la ventana panorámica, de espaldas a la puerta, estaba Marcelo: el heredero de la familia Mejía, vestido con un traje azul tan llamativo que parecía hecho a medida para que nadie lo ignorara. Sostenía en una mano un rosario de cuentas negras, jugando con él distraídamente mientras contemplaba la ciudad desde el piso cien.

—¿Y ese milagro? ¿Por qué no me avisaste que vendrías? —Ricardo habló en tono elegante y relajado, con una leve sonrisa en los labios.

El trío conocido como los príncipes de Solara estaba formado por Ricardo, Marcelo y Valentín Fajardo, quien ahora mismo atravesaba una etapa difícil tras perder la vista. Los tres se conocían desde que eran niños; juntos, habían crecido y compartido todo tipo de aventuras. No solo tenían buena apariencia y fortuna, sino que su lealtad era inquebrantable: si alguno de ellos se metía en problemas, los otros dos harían hasta lo imposible por ayudarlo.

—Quería sorprenderte —respondió Marcelo, girando finalmente. Su rostro, de una belleza casi irreal, se iluminó con una sonrisa que habría vuelto loco a cualquiera—. Te desapareciste de repente, ni una llamada, nada. Si no fuera porque vi en las noticias del canal financiero alemán sobre los problemas en la filial de Grupo Morales, ni me entero de que te metiste en líos otra vez. ¿Ya solucionaste todo?

Ricardo se dirigió a la pequeña barra, sirvió una copa de coñac y se la alcanzó.

—Si no lo hubiera solucionado, seguiría en Alemania —dijo, con una serenidad absoluta.

Marcelo aceptó la copa y probó el licor, dejando que el sabor fuerte y aromático le recorriese la garganta.

—¿Y por qué no me avisaste? —reviró con un tono entre reclamo y preocupación—. Yo también te podría haber echado una mano.

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