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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 110

Antes, Aurora siempre había puesto a César en el primer lugar.

Y él, en el último.

—Está bien, te acompaño al evento —respondió Ricardo.

Aurora sonrió, sin preocuparse de que Tomás los estuviera observando de reojo.

Giró el cuerpo, abrazó a Ricardo y, sin pensarlo, le plantó un beso sonoro en la mejilla.

Después de besarlo, siguió bebiendo leche y comiendo el desayuno con una alegría que se notaba en su rostro.

Ricardo, sin embargo, se quedó congelado por el beso. Una corriente electrizante le recorrió el pecho.

Sentía que estaba perdiendo la cabeza.

Con que su esposa lo besara de vez en cuando, le guiñara un ojo de forma coqueta, ya era suficiente para que él se sintiera inquieto, como si todo su mundo se tambaleara.

No tenía remedio.

Ricardo se frotó el entrecejo con fuerza, tratando de calmarse.

Solo después de respirar hondo, logró sentarse tranquilamente a desayunar junto a Aurora.

Al terminar, Ricardo tenía que irse a la empresa.

Aurora también debía regresar al Grupo Rosales.

La última vez, había apostado con César.

Solo si conseguía el terreno en el norte de la ciudad, los viejos accionistas del consejo la reconocerían como digna de estar ahí.

Por eso, ese día tenía que ir a la empresa.

Iba a dejarle claro a César, ese tipo despreciable, que no iba a dejarse pisotear.

Cuando ambos salieron juntos de la sala, Ricardo se volvió y la miró:

—Auri, si vas al Grupo Rosales, ¿qué hacemos con el bebé?

Aurora ya lo tenía todo planeado:

—En un momento preparo leche materna y la dejo en el congelador. Si el bebé tiene hambre, solo hay que calentarla. Al mediodía regreso a casa para alimentarlo. Amor, no te preocupes, nunca voy a desentenderme de nuestro pequeño. Ahora es lo más importante de mi vida. Cuando termine lo del consejo, tampoco voy a estar todo el tiempo en la empresa.

En ese momento, César tenía el cincuenta por ciento de las acciones del Grupo Rosales.

Ya era suficiente para darle pelea.

No podía quedarse de brazos cruzados, o toda la empresa acabaría en manos de César.

Ricardo, en realidad, no quería que Aurora cargara sola con el bebé, sino que le preocupaba que ella se esforzara demasiado:

—Auri, no me refería a eso. Acabas de terminar la cuarentena. ¿Te sientes bien para lidiar con los asuntos de la empresa?

Aurora alzó el rostro y, de golpe, sonrió:

—¿Estás preocupado por mí, amor?

Ricardo no contestó, pero su silencio lo decía todo.

—Podrías ir después. El próximo mes, si quieres.

Aurora negó con la cabeza:

—No puedo esperar.

César ya había reemplazado a parte del personal clave del Grupo Rosales por gente suya.

Si seguía posponiéndolo, la situación solo se pondría peor para ella.

—Amor, de verdad, estoy bien.

Y, tras decirlo, Aurora, como un conejito, se lanzó a sus brazos, abrazándolo y restregando su mejilla contra su pecho.

Cuando se sintió satisfecha, se separó con desgana, se puso de puntitas y le acomodó la corbata negra con una ternura especial.

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