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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 108

Auri continuó restregándose contra él con esa manera tan suave y tierna.

Sus manitas exploraban su clavícula y hasta su cuello, sin la menor timidez.

Ricardo, ese ejecutivo que aparentaba siempre ser distante y arrogante, pero que en el fondo era un romántico sin remedio, ¿cómo iba a resistirse a algo así?

Su garganta se movía una y otra vez, incapaz de ocultar lo que sentía.

Por poco y termina él mismo buscando los labios de su preciosa esposa.

Pero en cuanto recordó el contrato que tenía guardado en lo más profundo de su corazón, se obligó a serenarse.

Sus ojos oscuros, imposibles de descifrar, se posaron en el rostro encantador de Aurora. Habló con voz pausada:

—Dame un poco de tiempo.

Aurora le regaló una sonrisa luminosa.

—Está bien.

Mientras no fuera un rechazo directo, el tiempo no le importaba.

—Entonces, ¿puedo seguir atendiéndote? —dijo la muchacha, guiñándole un ojo con picardía.

Ricardo ni siquiera alcanzó a reaccionar cuando sintió que ella comenzaba a desabotonar, uno a uno, los botones de su pijama negra.

Cuando quiso atrapar esas manos traviesas, ya era demasiado tarde.

Aurora se inclinó y mordisqueó con suavidad su cuello.

—Mi amor, no te muevas.

—Te lo dije en la casa de la abuela: cuando regresáramos, iba a morderte varias veces.

—Pórtate bien, déjame hacer lo mío, no te resistas.

El rostro de Ricardo ardía como si tuviera fiebre. Estaba completamente acalorado: …

¿De dónde sacaba Auri esas frases? ¿No se habría equivocado de escenario?

Pero bueno, él era fácil de conquistar, eso ni cómo negarlo.

Por muy distante y rudo que pareciera por fuera, bastaba que ella lo besara o acariciara un poco para que sus ojos se llenaran de emoción, le temblaran las manos y ni siquiera pudiera articular un “no, espera”.

Se dejaba llevar y la dejaba hacer lo que quisiera con él.

...

Al amanecer del día siguiente, apenas clareaba el cielo y la débil luz dorada se filtraba por los huecos de la ventana.

Aurora había dormido de maravilla la noche anterior.

Su esposo era tan irresistible, que no tuvo nada de compasión: lo besó, lo acarició, lo “saboreó” a placer. Al final, se quedó profundamente dormida, satisfecha y feliz.

Pero pobre Ricardo.

Su rostro se mantuvo sonrojado toda la noche. Cuando amaneció, fue el primero en levantarse para irse directo a la regadera.

Bajo el agua, se apartó el cabello húmedo de la frente.

Aunque su piel clara seguía teniendo un leve color rosado.

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