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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 107

—Auri, ¿qué secreto?

El aliento de Ricardo ya se encontraba desordenado, como un lago azotado por una tormenta, incapaz de volver a la calma.

Sentía que en su interior se agitaban remolinos, olas que no lo dejaban en paz.

Luchaba por controlar la emoción que le recorría el pecho.

Con voz ronca y apagada, preguntó:

—¿Qué secreto es ese, Auri?

Aurora bajó la mirada. Al observar al hombre frente a ella, sus ojos se llenaron de una profundidad suave, iluminados por la luz cálida y anaranjada de la lámpara junto a la cama.

Sus dedos, tan delicados como pétalos, se deslizaron entre la espesa cabellera negra de Ricardo.

Con un tono tierno y sereno, murmuró:

—El secreto que quiero contarte es este...

—Ricardo, quiero empezar a quererte desde esta noche.

En el fondo, Aurora recordaba aquella vida pasada, en un hospital de África donde el aire olía a desinfectante.

Lágrimas llenaban sus ojos mientras lo miraba, limpiando con cuidado cada herida infectada de su cuerpo, ignorando el riesgo de contagio.

Durante ese tiempo, el amor que había mantenido guardado por tanto tiempo...

Brotó con fuerza, como una semilla que rompe la tierra.

En sus últimos momentos, lo último que vio no fueron a sus padres, ni a su mejor amiga, ni a nadie más.

Solo vio a Ricardo, aquel chico de quince o dieciséis años.

Él, siempre tan recto y reservado, de mirada orgullosa y aire distante.

Justo ese muchacho, tan poco interesado en la gente, tan serio y refinado, se paraba todos los días en la entrada de la casa de Aurora, esperando acompañarla a la escuela.

Solo para caminar con ella esos veinte minutos.

En realidad, pedirle que la acompañara había sido una ocurrencia casual de los adultos.

Él no tenía ninguna obligación de hacerlo.

Pero Ricardo lo tomó en serio.

Cada mañana, se encargaba de cargarle la mochila con sumo cuidado.

Si llovía, quitaba el paraguas de las manos del guardaespaldas y se lo sostenía para cubrirla.

Si ella estaba de mal humor, él se quedaba a su lado, escuchando todo lo que tuviera que desahogar.

No era de hablar mucho, solo sabía protegerla en silencio.

En ese entonces, Aurora no se dio cuenta de lo mucho que dependía de él.

Ni de cuánto lo quería, de verdad.

Solo pensaba que era un aburrido, incapaz de ponerle un poco de chispa a la vida.

Más tarde conoció a César, un tipo simpático y parlanchín, siempre buscando atención.

Durante esos años, César la envolvió en palabras bonitas y la hizo olvidar a ese amigo de la infancia que siempre estuvo cuidándola.

Y, como siempre, Ricardo seguía siendo distante y reservado.

Jamás le decía cosas bonitas, ni era de demostrar su cariño con gestos grandes.

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