A un lado, Adriana se clavaba las uñas en la palma de la mano, con los ojos ardiendo de puro coraje.
Elena, por el contrario, mantenía una expresión serena, como si el pleito no tuviera nada que ver con ella.
Sabía perfectamente que Diego no se atrevería a hacerlo.
Ella más que nadie tenía claro cuánto pesaba Adriana en el corazón de ese hombre, comparado con ella.
Al ver que Elena ni siquiera hacía el menor intento por sostenerlo frente a los demás, Diego sintió una decepción tan amarga como inesperada.
Antes, Elena siempre había sido muy comprensiva; siempre trataba de ponerse en su lugar y cuidaba de no ponerlo en aprietos. Pero ese día, había dejado que Javier lo humillara en su cara.
Tuvo miedo de que, si se quedaba más tiempo, Javier terminara diciendo algo que arruinara su reputación por completo. Así que optó por cortar por lo sano:
—Elena, platicamos de esto en la casa. No voy a dejar sola a tu tía.
Elena se quedó callada, ignorándolo por completo.
Con una amargura densa oprimiéndole el pecho, Diego no tuvo más remedio que marcharse de allí junto a Adriana.
En cuanto desaparecieron, Javier se dirigió a Elena:
—Ese Diego es un desastre con piernas. Yo, en tu lugar, pondría la mayor distancia posible entre él y tú. En cuanto al caso, te doy mi palabra de que lo ganamos.
Elena asintió con una sonrisa.
—Se lo agradezco mucho, licenciado Cortés.
Por supuesto que quería alejarse de Diego.
En cuanto se resolviera el asunto de su tía, iba a encontrar el momento de cortar definitivamente con él; lo de ambos debió terminar hacía mucho tiempo.
Si él se negaba a dejarla en paz, haría público que la había engañado para casarse.
Y si todo terminaba por estallar, él también tendría que enfrentar las consecuencias.
***
Esa noche, Elena no regresó a la casa de Diego, sino que se fue a su propio departamento.
Diego le marcó varias veces, pero ella ignoró todas las llamadas.
Ya no pensaba rebajarse a pedirle ayuda otra vez; encontraría por su cuenta la forma de sacar a su tía de aquello.
Tal vez su primer error había sido buscarlo en su desesperación.
Un hombre tan frío, que ya la había lastimado tantas veces, jamás la ayudaría a ella ni a su tía de corazón.
Al día siguiente, Elena fue al despacho de Javier.
Javier revisó los documentos y le dio su diagnóstico:


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