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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 682

Sabía perfectamente que él se había acostado con Eulalia.

El cuerpo de su esposo había sido tocado por otra mujer.

Eso le generaba una inmensa repulsión, hasta el punto de sentir que el estómago se le revolvía de asco.

Al principio, pensó que sería capaz de soportarlo en silencio.

Pero mientras reprimía sus sentimientos, de la nada, comenzó a llorar.

Al principio fueron lágrimas silenciosas, pero poco a poco se convirtieron en sollozos y terminó llorando desconsoladamente a todo pulmón.

A Diego la escena le pareció casi entretenida.

Era incapaz de sentir un gramo de empatía por el dolor de ella; al contrario, lo vio como una nueva e interesante dinámica de poder.

Lo hicieron una vez más.

Al terminar, él se levantó y se metió al baño a darse una ducha.

Adriana se quedó recostada en la cama, mirando al techo, sintiendo un vacío abismal y un sabor amargo en la boca.

Sabía que para Diego, ella no era más que un objeto, una herramienta a su disposición.

Sentía rabia y un profundo dolor por ser tratada con tanta bajeza. Pero el miedo a ser desechada si no cumplía a la perfección su rol de «herramienta» la paralizaba.

Odiaba a Diego por ser un hombre tan calculador y sin corazón.

Y se odiaba aún más a sí misma por ser tan débil y no poder vivir sin él.

Sentía que su vida se estaba pudriendo lentamente, pero no tenía el valor de ponerle fin a esa tortura diaria.

Así que comenzó a buscar excusas para consolarse: Solo tengo que aguantar un poco más. Seguramente las cosas mejorarán. ¿Acaso Diego no puede cambiar? Tarde o temprano se cansará de jugar y lo único que importará es que siempre vuelva a casa.

Con esa narrativa, logró autoconvencerse de que todo estaría bien.

Se levantó, se puso su pijama y comenzó a cambiar las sábanas de la cama con movimientos automáticos.

Tenía que asegurarse de que su esposo tuviera el entorno más cómodo y perfecto posible, cuidándolo en cada detalle. Solo así él valoraría todos sus sacrificios.

Cuando Diego salió del baño y vio que ella ya había dejado la cama impecable, se sorprendió.

Antes, Adriana jamás habría movido un dedo para hacer ese tipo de tareas domésticas.

Parecía que la disciplina y las lecciones de la señora Romero habían rendido frutos. Por fin había aprendido a comportarse como una esposa decente.

Se acercó, le dio un beso ligero en la mejilla y le regaló un elogio con una sonrisa complacida:

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