No tardó mucho en recordar.
Hacía tiempo, había ido a visitar a la anciana de la familia Vargas. Durante la visita, la anciana Vargas le había mostrado una foto, diciéndole que ella era la mujer que había elegido para que se casara con Alejandro.
Solo había sido un vistazo rápido, pero aquella belleza serena y esa mirada limpia se le quedaron grabadas al instante.
La anciana Vargas también le había comentado que Alejandro ya había ayudado a Elena en varias ocasiones.
Siendo así, y por la amistad que lo unía a Alejandro, se sintió en la obligación de ayudarla.
Por lo tanto, sacó una de sus tarjetas de presentación y dijo con caballerosidad:
—Señorita Navarro, este caso no representa ningún problema para mí. Sin embargo, necesito conocer más detalles. Si gusta, mañana puede darse una vuelta por mi despacho.
Elena no se esperaba que aceptara tan rápido. La sorpresa le abrió la mirada y, por primera vez en días, algo parecido al alivio asomó en su expresión.
—Muchísimas gracias, licenciado Cortés.
Isabel también se emocionó por ella.
Esa misma mañana le habían advertido en el trabajo que Javier tenía un carácter algo complicado y que solo aceptaba casos cuando le daba la gana. Temía que las rechazara de inmediato, pero, para su sorpresa, había aceptado sin rodeos.
Diego alcanzó a escuchar el final de la plática.
Elena de verdad había buscado a Javier para el caso de su tía. Le agarró la muñeca, soltó una risa fría y le reclamó:
—¿De verdad pensaste que no iba a hacer todo lo posible por ayudar a tu tía? Somos marido y mujer. ¿Tan poco confías en mí?
¿Confianza?
¿Acaso seguía existiendo algo de eso entre ellos?
En los labios de Elena se dibujó una sonrisa fría, cargada de un sarcasmo imposible de disimular.

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