Al salir del hospital, Elena le llamó a Isabel para pedirle que le recomendara un buen abogado penalista.
—¿Qué no se supone que Diego ya te había conseguido al licenciado Delgado? —preguntó Isabel—. Es uno de los mejores de Ciudad Río para este tipo de broncas.
Elena suspiró y le contó todas las largas que le había dado el abogado, además de sus sospechas.
Al escucharla, Isabel soltó una carcajada irónica:
—Es indignante. Si no pensaba ayudarte, debió decirlo desde el principio. ¿Qué sentido tiene dejarte en vilo de esa manera? No te apures, ahorita mismo te consigo a alguien.
Diez minutos después, Isabel le regresó la llamada:
—Ya le pregunté a un compañero del trabajo. Podemos buscar a Javier Cortés. Seguro no lo ubicas, pero está a la par del licenciado Delgado; es de los mejores penalistas que hay.
—Me parece bien —aceptó Elena—. ¿A qué despacho tengo que ir para contratarlo?
—El problema es que es muy difícil conseguir una cita con él. Mira, esta noche va a ir a un evento. Si quieres, vamos juntas para abordarlo.
Esa noche, Elena e Isabel llegaron a un club privado.
La recepción ya había empezado. Isabel buscó entre la gente hasta que señaló a un hombre a lo lejos. Llevaba puesto un traje a la medida, lentes de armazón dorado y tenía un porte muy elegante.
—Aquel de allá es Javier. En este momento está hablando con gente importante de varios bancos de inversión; esperemos a que termine para acercarnos.
Elena asintió.
Ambas tomaron un vaso con jugo y se quedaron a un lado, esperando el momento oportuno.
En ese momento, Diego y Adriana entraron al salón.
Al ser una pareja tan atractiva, no tardaron en acaparar las miradas de los presentes.
No tardó en acercárseles alguien dispuesto a colmarlos de elogios.
—Qué buena pareja hacen el señor y la señora Romero. A todos lados van agarraditos de la mano.
Adriana bajó la mirada con una sonrisa tímida.

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