Cuando Natalia se enteró, se pasó todo el día observando a Elena con abierta hostilidad.
Elena, en cambio, andaba de lo más tranquila.
Desde que entró al laboratorio, Elena había sacado a Natalia de más de un problema.
Si Natalia dedicara a su trabajo la misma energía que gastaba en envidiar a los demás, su situación sería muy distinta, pero Elena sabía que decírselo no serviría de nada.
Al salir del trabajo, Elena se dirigía a su casa cuando sintió que alguien la empujaba por la espalda.
Por instinto, se protegió el vientre y se agarró de la pared.
No llegó a caerse, pero se torció el tobillo.
El dolor le subió por el tobillo con un latigazo seco. Al voltear, vio a Natalia mirándola con cara de inocente.
—¡Ay, perdón! No te pasó nada, ¿verdad? Bueno, me urge irme, ahí nos vemos.
A Elena le dolía tanto que ni energía tenía para reclamarle.
Apoyándose en la pared, llegó como pudo al elevador y bajó a la salida para pedir un taxi rumbo al hospital.
Como si el día no pudiera volverse más cruel, apenas puso un pie en urgencias se encontró de frente con Diego y Adriana.
Adriana estaba hecha un mar de lágrimas, reclamándole a gritos:
—¿Por qué no me contestaste en toda la noche? ¡Y encima te fuiste a cenar con tu nueva secretaria! ¿Qué te traes?
Diego respondió algo en voz tan baja que Elena no alcanzó a distinguirlo.
Como no quería topárselos, se puso el cubrebocas y se dio la media vuelta para ir a registrarse.
Después de ver al doctor, fue a sacarse unas radiografías cojeando y, tras recoger los analgésicos, por fin salió del hospital.
Para su mala suerte, ahí estaban Diego y Adriana otra vez.
Al verla, Adriana abrió mucho los ojos, incapaz de disimular su fastidio.
Elena no cambió su expresión fría y la ignoró por completo.
Cuando Diego la vio, se le acercó de inmediato, preocupado:
—¿Qué te pasó? ¿Te sientes mal?
Ella le respondió sin ninguna emoción:
—Nada, me torcí el pie.
Diego frunció el ceño:
—¿Viniste sola? ¿Por qué no me marcaste? Yo te traía.
Al verle el tobillo hinchado, le reclamó con cierto tono de reproche:
—¿A poco sigues viviendo con tu tía? Ya te lastimaste, ¿no crees que es hora de volver a la casa?
Y sin darle tiempo a responder, se agachó para cargarla.
A Elena le dolía tanto el pie que ni fuerzas tuvo para quitárselo de encima, así que dejó que la subiera a su coche.
De verdad no quería irse con él, así que le aclaró:
—Yo puedo cuidarme sola.
—Diego, ya tengo hambre. ¿No dijiste que íbamos a ir a cenar?
Él le echó un vistazo rápido a Adriana, pero luego volvió a clavarle los ojos a Elena. No pensaba dejarla ir.
—Vamos los tres.
Elena dejó escapar una sonrisa breve, cargada de amargura.
¿De qué se trataba eso? ¿Iban a estar ahí derramando miel y querían que ella estuviera de espectadora?
La volvieron a meter a la fuerza en el asiento trasero.
Mientras Diego manejaba, Adriana iba sentada a su lado, echándole unas miradas que mataban.
Elena prefirió cerrar los ojos y hacerse la dormida.
Si hubiera sabido que iba a toparse con este par en el hospital, mejor se aguantaba el dolor en su casa.
Al llegar al restaurante, Diego se sentó en medio, con Elena y Adriana a cada lado.
Elena se sentía profundamente incómoda; solo quería terminar cuanto antes e irse de allí.
Pero, por mucho que quisiera evitarlo, aquella noche el destino volvió a ponerla frente a la misma humillación.
Esa misma noche, Natalia y unas amigas andaban cenando ahí. Al ver a Elena y a Adriana, se acercaron a saludar.
Al ver a Diego, impecable y seguro de sí mismo, Natalia sintió un golpe seco de fascinación.
Daría lo que fuera por tener a un novio así.
Pero ¿qué hacía Elena sentada con ellos?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Me gustó mucho esta novela, bastantes enemigas tuvo la protagonista, pero me gustó como terminó; me hubiera gustado saber más de como se casó Sofia y en qué terminó Diana. Pero le doy 9 de 10....
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....