Miró a Elena con desprecio:
—De verdad, Elena, no tienes vergüenza. Ves a una pareja cenando y aun así te sientas con ellos como si nada.
Elena ni siquiera se dignó a voltear a verla y siguió comiendo.
Adriana volteó a ver a Diego un poco nerviosa.
No quería que él se enterara de que andaba presumiendo su relación por todos lados.
Diego, para que Elena no malinterpretara las cosas, le contestó a Natalia con mucha frialdad:
—¿Y tú quién eres? ¿Qué estupideces estás diciendo?
Al ver la cara de enojo de Diego, Natalia no entendió por qué se había puesto así.
Volteó hacia Adriana para que le explicara.
Adriana se levantó de inmediato y la interrumpió:
—Bueno, Natalia, estamos platicando de cosas importantes, mejor vete con tus amigas.
Natalia hizo un coraje porque no había logrado humillar a Elena.
Sin embargo, solo conocía a Adriana a través de Camila, así que no tenía la confianza suficiente para quedarse allí entrometiéndose. Se despidió con mala cara y se fue.
En cuanto se alejó, Adriana se apresuró a decir:
—Ay, creo que Natalia malinterpretó lo nuestro, Diego. Luego hablo con ella para aclararle todo.
Diego suavizó su expresión:
—Sí, mejor déjaselo claro. No puede andar inventando cosas.
Entonces tomó el tenedor y le sirvió a Elena un trozo de carne.
—Elena, los cortes de aquí son buenísimos, pruébalo.
Elena ni tocó la carne que le sirvió y siguió comiendo su propio plato en silencio.
Estaba embarazada y no iba a malpasar a su bebé por berrinches.
Si Diego y Adriana querían seguir representando aquella farsa, era asunto suyo.
Apenas terminó de cenar, Elena quiso levantarse para irse.
Diego estaba a punto de ir tras ella para insistirle en que regresara a la casa.
Pero al parecer esa noche todo el mundo se había puesto de acuerdo para arruinarle los planes.
En eso, pasaron por ahí unos clientes muy importantes del Grupo Romero que justo habían ido a cenar.


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