Era la misma chica que había estado acosando a Alejandro la otra vez.
Elena la miró con sorpresa.
La chica le clavó una mirada llena de odio, agarró un vaso de agua de la mesa e intentó aventárselo en la cara, pero Alejandro le sujetó la muñeca a tiempo.
Alejandro la fulminó con la mirada:
—Ya estuvo bueno, Mariana. Es mi amiga y no voy a permitir que le faltes al respeto.
A Mariana se le llenaron los ojos de lágrimas.
Nunca antes lo había visto ponerse del lado de otra mujer con tanta firmeza.
La sola idea de que Alejandro pudiera pertenecerle a otra la descompuso por completo y la lanzó a un arrebato fuera de control.
—¡Me vale! ¡No puedes tratar bien a nadie más! ¡Tú eres mío, Alejandro! ¡Me muero si no estás conmigo!
Los gritos agudos de Mariana tomaron a Elena por sorpresa y la hicieron echarse ligeramente hacia atrás.
Era evidente que aquella muchacha no estaba bien emocionalmente.
Era evidente que Alejandro llevaba tiempo soportando una situación agotadora con ella.
Alejandro le hizo una seña a sus guardaespaldas para que la agarraran, le taparan la boca para que dejara de hacer escándalo y la llevaran directo al aeropuerto.
Mariana pataleaba con todas sus fuerzas, con su bonito rostro desfigurado por el coraje.
Traía ropa de diseñador, pero parecía una completa desquiciada.
Alejandro contempló toda la escena sin alterarse lo más mínimo.
Cuando por fin se la llevaron, en el rostro de Alejandro se dibujó un alivio apenas contenido. Se sentó en silencio y le dio un trago a su vino tinto.
Todos los años, sin importar a qué ciudad viajara por negocios, Mariana tomaba un vuelo solo para forzarlo a celebrar un supuesto aniversario de compromiso. La boda se había cancelado hacía mucho tiempo, pero Mariana seguía negándose a aceptar la realidad.
De hecho, había invitado a Elena a cenar justo para que Mariana viera que él ya había pasado la página.
Si no tenía novia ni se casaba, no era porque la estuviera esperando a ella.
Quería que dejara de hacerse ilusiones de una vez por todas.
Tras pensarlo un poco, Alejandro decidió marcarle al señor Moreno.
Del otro lado de la línea, el hombre trató de suavizar las cosas:
—¡Alejandro, por favor! Haznos este favor y sigue la corriente a Mariana por esta vez.
—Sigue siendo una niña y la tenemos muy consentida. Tenle paciencia, háblale bonito.
Guardaba todavía la esperanza de que regresaran.
Pero Alejandro no le dio ni una pizca de esperanza y fue tajante:
—Lo siento, no puedo hacer eso. Señor Moreno, si las cosas siguen así, mejor búsquenle un psiquiatra.
El hombre se quedó mudo. Sintiendo que se le caía la cara de vergüenza, inventó una excusa cualquiera y colgó.
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