Al ver a Elena a un lado, tan inexpresiva, Natalia pensó que solo se estaba haciendo la orgullosa.
A propósito, le preguntó:
—Apuesto a que te encantan los hombres como el esposo de Adriana, ¿a poco no? Qué lástima que no tengas la misma suerte que ella para casarte con alguien así.
Elena no se anduvo con rodeos:
—Todo el día hablas de casarte. Más bien, la que está desesperada por pescar marido eres tú.
Los compañeros que estaban cerca se taparon la boca para disimular la risa.
Natalia hizo un coraje tremendo, pero no supo qué contestarle.
***
Después de llevar a Adriana, Diego tenía la intención de regresar a la casa de los Romero.
A ella no le hizo nada de gracia. Lo agarró de la mano y le preguntó:
—¿De verdad no te vas a quedar a hacerme compañía, Diego?
La verdad era que él todavía seguía molesto con ella por lo de los últimos días. Pero, al fin y al cabo, eran esposos, y como estaba esperando un hijo suyo, no podía simplemente desentenderse.
En el fondo, era un hombre muy tradicional y consideraba que tener hijos era indispensable para cualquier hombre exitoso.
Si Elena hubiera podido tener hijos, él jamás le habría hecho caso a su hermana de engañarla diciendo que ya se habían casado legalmente.
Últimamente sentía que Elena se le estaba yendo de las manos, así que tenía que buscar la forma de contentarla.
Le acarició el cabello con su habitual tono suave:
—Me quedo más tranquilo si estás en casa de tus papás. Ahorita ando súper ocupado con el trabajo, pero en cuanto me desocupe, te prometo que paso tiempo contigo.
Adriana sintió un nudo en el pecho.
Aunque ahora estaba en el departamento de investigación, todavía podía checar la agenda de él cuando quisiera.
¿Cuál ocupado?
Seguro solo quería ir a ver a Elena.
Intentó retenerlo con un tono lastimero, pero él no cedió y no le quedó más remedio que dejarlo ir.
En cuanto salió de la casa de los Castillo, Diego le marcó a Elena.
Ella iba llegando a su departamento.
Al ver su nombre en la pantalla, no tuvo el menor deseo de contestar y dejó que la llamada se perdiera sola.
Pero él no se rindió y le mandó un mensaje invitándola a cenar al día siguiente.
Elena no tenía ni la más mínima intención de ir. Borró el mensaje, agarró su pijama y se metió a bañar.
Al salir de la regadera, el celular volvió a sonar.
Al recordar la manera en que Adriana se había comportado aquella noche y la imagen de Diego yendo por ella con tanta naturalidad, Elena sintió que la rabia le cerraba el pecho. Contestó casi echando lumbre:
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