Adriana asintió con timidez.
Era la primera vez que Natalia veía un anillo con una piedra tan grande, así que no pudo evitar decir con envidia:
—¡Tu marido es muy generoso!
Las otras chicas solteras presentes también voltearon a verla; había envidia y asombro en sus miradas.
Al dedicarse a la investigación, casi no tenían vida social, por lo que les resultaba difícil encontrar un buen partido que además tuviera dinero, pero tampoco querían conformarse.
Alguien no se aguantó las ganas de preguntar:
—¿Y cómo terminaste casándote con un hombre que te consiente tanto?
Adriana disfrutaba ser el centro de atención.
Sonrió y respondió:
—La verdad, no hay mucho que contar. Nuestras familias nos presentaron.
Camila intervino de pronto en la conversación:
—Adriana es una niña bien, ¿ella qué va a saber de andar cazando hombres? Mejor pregúntenle a Elena. Llevo un tiempo tratándola y, aunque viene de una familia sin peso alguno, tiene un talento especial para acercarse a hombres con dinero. Dicen que hace poco anduvo de novia de un millonario, y seguro por eso logró entrar a trabajar aquí.
Todos voltearon a ver a Elena con sorpresa.
Entendieron a la perfección la indirecta de Camila: no era una novia, era más bien una mantenida.
Elena no podía creer que Camila estuviera torciendo los hechos así frente a sus colegas.
Sí, no se había casado legalmente con Diego, pero eso fue porque él la engañó primero.
Al escuchar eso, Natalia se convenció aún más de que Elena era una mujer falsa e interesada.
Supuso que Elena solo había entrado al laboratorio para adornar su currículum y, de paso, encontrar a alguien todavía más adinerado.
Tiempo atrás, había entrado otra chica muy bonita al laboratorio. No destacaba en el trabajo, pero en redes se la pasaba construyendo la imagen de «una mujer brillante y refinada».
En menos de un año, se casó con un rico y renunció.
Convencida de que Elena era igual, no perdió la oportunidad de burlarse:
—Vaya, Elena, no sabía que tuvieras tanto talento para eso. A este paso, cualquier día vas a terminar invitándonos a tu boda.
Elena sabía que Natalia no era muy brillante.
Pero no imaginó que fuera tan tonta como para dejarse usar de títere así de fácil.
Ni siquiera miró a Natalia; dirigió la vista directamente hacia Adriana:
—¿Te atreves a decirle a tu marido que venga y admita frente a todos que eres la señora Romero?
La pregunta dejó desconcertados a todos los presentes.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico