—¡Ya vi los videos! —bufó la señora Ventura, cruzándose de brazos—. En esa cena te la pasaste coqueteando y hablando de cerca con mi marido. ¡Incluso se intercambiaron los números! ¡Y todavía tienes el descaro de decirme que no pasa nada entre ustedes!
Y no solo eso. Investigando un poco, me di cuenta de que tu famoso discurso en la cumbre tecnológica tenía partes que parecían calcadas de los artículos de Rómulo. ¡Seguro que él te escribió la presentación en la cama!
Si no fuera por él, a tu edad jamás podrías escribir algo con tanto peso profesional. ¡No me vengas con cuentos, sé perfectamente la clase de mujer que eres!
En su juventud, la señora Ventura también había sido una brillante investigadora, tan talentosa como su marido. Pero había sacrificado su carrera para cuidar de su hogar.
Por eso, cuando empezó a espiar los logros de Elena, su mente, consumida por los celos, la llevó a concluir que el «genio» de esa jovencita no era más que el fruto de los favores de su marido.
Todo el laboratorio observaba la escena en absoluto silencio, devorando el drama.
Pese al caos, el rostro de Elena permaneció imperturbable.
—No me importa si me cree o no, pero mi relación con el señor Ventura es estrictamente profesional.
Diana, que no podía aguantar más la injusticia, saltó en su defensa:
—¿Usted sabe con quién está saliendo Elena? ¡Jamás en la vida se fijaría en su viejo marido!
Elena le lanzó una mirada de advertencia. No quería que su vida privada con Alejandro se convirtiera en material de chismes de oficina.
Diana captó el mensaje y cerró la boca de golpe.
Santiago también intervino, interponiéndose entre la mujer y Elena.
—Señora Ventura, Elena es nuestra investigadora más dedicada. Todos aquí conocemos su capacidad. Pongo las manos al fuego para asegurarle que no tiene absolutamente nada que ver con su esposo, y que todo lo que ella publica es cien por ciento suyo. No necesita que nadie le haga el trabajo.
—¡Pamplinas! —gritó la señora Ventura con una sonrisa amarga—. ¡Ninguna amante descarada confiesa serlo! Más te vale que te alejes de Rómulo de una vez por todas, Elena. Si no, me encargaré de destruir tu reputación y te aseguro que perderás este trabajito.
En ese momento, los guardias de seguridad del edificio aparecieron para escoltar a la mujer hacia la salida.
—¡Suéltenme, no necesito que me toquen, yo me voy sola! —chilló, soltándose de un tirón.
Dando media vuelta, se alejó haciendo resonar sus tacones de forma amenazante.

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