La mayoría de los presentes en la sala habían asistido a la cumbre anterior, por lo que el nombre de Elena no les era ajeno en absoluto.
En silencio, volvieron a maravillarse ante el innegable genio investigativo de la joven científica.
Eulalia, por su parte, sentía que le hervía la sangre. ¿Cómo era posible que Elena, sin siquiera estar presente, lograra robarse el protagonismo?
Una envidia tóxica se apoderó de ella e intentó tomar el micrófono para añadir algo, cualquier cosa.
Pero los grandes líderes de la industria ni siquiera voltearon a verla; toda su atención estaba enfocada en Enzo, bombardeándolo con preguntas más complejas.
Al finalizar el evento, el rostro de Eulalia era un poema de frustración pura, tan sombrío que nadie en la sala se atrevió a acercarse a ella.
El director Medina, en cambio, se plantó frente a ella con expresión severa.
—Te lo advertí. Este tipo de reuniones no se pueden improvisar con discursos vacíos, Eulalia. Si realmente quieres tener futuro en este campo, que tu padre te compre oportunidades no será suficiente.
Eulalia apretó los labios y no dijo una palabra, pero por dentro estaba que echaba chispas.
Estaba convencida de que el director solo quería humillarla por haberle quitado el puesto a Enzo. A sus ojos, Medina era un hipócrita vengativo que le estaba haciendo la vida imposible a propósito.
En cuanto llegó a su apartamento, llamó a Hugo, dispuesta a despotricar y exigir que él le diera una lección al director.
Lo que no sabía era que Hugo también había visto la transmisión en vivo de la conferencia.
—Tu desempeño fue patético —la interrumpió él con voz áspera—. No supiste responder ni siquiera a una duda básica. Con razón el director Medina no quería que te subieras a ese escenario. Más vale que empieces a tomarte en serio tu trabajo, porque no voy a tolerar que me pongas en vergüenza de esta forma.
Para Hugo, toda inversión debía generar rendimientos. Si él le conseguía los reflectores, era su maldita obligación brillar y darle prestigio, no hacer el ridículo.
Al escuchar el regaño, un nudo se formó en la garganta de Eulalia.
Claro, como no soy su hija de sangre, se cree con el derecho de alzarme cuando le conviene y pisotearme cuando se aburre.
Pero trató de calmarse. Su fastuosa fiesta de cumpleaños estaba a la vuelta de la esquina.
Pronto heredaría la fortuna y las acciones de Bianca, y entonces jamás tendría que soportar los regaños ni las limosnas de Hugo.

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