Una vez terminada la reunión, Elena volvió a sumergirse en su trabajo.
No fue sino hasta que llegó la hora de salida que por fin tuvo un momento para procesar el incidente con la señora Ventura.
Tomó su celular y le envió un mensaje a Rómulo Ventura, preguntándole si estaba al tanto del espectáculo que había montado su esposa.
Casi de inmediato, el teléfono sonó. Era él, sonando profundamente avergonzado.
—Elena, te pido mil disculpas. Mis problemas personales jamás debieron salpicarte. Lo que pasa es que hace poco le pedí el divorcio a mi mujer, y ella se volvió paranoica. Ahora cree que la engaño y sospecha de cualquier mujer con la que yo hable. Supongo que como conversamos bastante durante aquella cena de negocios, ella sacó sus propias conclusiones.
Elena recordó la imagen de la señora Ventura irrumpiendo en la oficina esa misma mañana. A pesar de su furia, vestía de forma elegante y cuidada; no parecía el tipo de mujer que arma escándalos por simple histeria.
Sin poder evitarlo, preguntó:
—Señor Ventura, ¿usted le fue infiel?
No estaba dispuesta a ser el chivo expiatorio de nadie.
Rómulo carraspeó, incómodo.
—Por supuesto que no. Yo no soy ese tipo de hombre. Nos conocemos desde la universidad. Aunque la pasión se apagó hace mucho, aún le tengo cariño. Jamás la traicionaría. Le pedí el divorcio porque siento que ya no tenemos nada en común. Cada vez que llego a mi casa, el ambiente es asfixiante.
»Supongo que vivir en un matrimonio sin amor es una tortura para ambos, por eso decidí terminarlo. Incluso le ofrecí irme sin nada, dejarle todas mis cuentas bancarias a ella, pero se niega a firmar y jura que tengo una amante. Te juro que ya no entiendo qué es lo que quiere.
Elena se quedó en silencio por unos segundos y finalmente cortó la llamada.
Casarse en la juventud arrastrados por la pasión, llegar a la mediana edad con éxito profesional y de pronto sentir que la esposa, que sacrificó todo por cuidar el hogar, ya «no tiene tema de conversación», para entonces pedirle el divorcio... Parecía una excusa lógica, pero en el fondo, destilaba un egoísmo brutal.
Si de verdad creía que ya no tenían temas en común, debió hablar con ella, motivarla, ayudarla a reincorporarse al mundo laboral.

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