Elena la ignoró por completo y siguió viendo los aparadores.
Diana se le acercó, la miró de arriba abajo y, al notar que no llevaba ropa de diseñador, le habló con aún más desprecio:
—Como no pudiste ver a Alejandro ni sacarle un peso, ¿por eso vienes vestida así? Te aviso que aquí nada es barato, ¿siquiera te alcanza para pagar?
Elena ya estaba harta de escucharla, así que le respondió:
—¿Acaso te hice algo? ¿Por qué no me dejas comprar en paz? ¿O de plano naciste con el don de ser una metiche y decir puras cosas desagradables?
Diana se quedó sin habla por un segundo. Ella era una joven de buena familia, sobrina de señora Paloma; ¿cómo se atrevía esa mujer a contestarle así?
Le lanzó una mirada asesina a Elena, caminó hacia el otro lado de la tienda y le susurró algo al oído a una de las empleadas.
La vendedora asintió:
—Entendido, señorita Carmona.
Elena eligió una fina pulsera de plata para la anciana Vargas, una pluma fuente para Alejandro y un collar para Sofía.
Pero cuando se acercó a la caja para pagar, la empleada le dijo:
—Lo lamento, señorita, pero los artículos que seleccionó son exclusivos para clientes nivel Platino.
Hacía un momento, Diana le había ofrecido a la vendedora pagar más por cualquier cosa que Elena eligiera.
Con tal de llevarse una mejor comisión, a la vendedora no le importó ponerle esa excusa a Elena.
Elena frunció el ceño:
—He comprado en otras tiendas exclusivas y jamás había escuchado de una regla así.
Sabía perfectamente que esas vendedoras solían discriminar a los clientes por su apariencia.
—Deme el teléfono de su gerente —dijo Elena, tajante—. Quiero confirmar si de verdad manejan esas políticas.
La cara de la empleada palideció de golpe.
—Señorita, nuestro gerente está muy ocupado. Además, cada sucursal maneja sus propias políticas, por favor no me ponga en una situación difícil.
Diana se acercó y miró a Elena con desdén:

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