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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 362

Ahora estaba más insegura que nunca.

Elena soltó un ligero suspiro, apartó la mano de la perilla y se dio la media vuelta.

Adentro, Alejandro estaba sentado en el sofá; debajo de su camisa se asomaban los vendajes que le cubrían las heridas.

Al volver a casa, su padre lo había golpeado con tanta brutalidad que lo dejó hecho pedazos. Le había tomado días recuperar fuerzas solo para poder sentarse sin dolor.

Isidora estaba de pie frente a él. Su abrigo había caído al piso, dejándola únicamente con un vestido negro de tirantes.

La frialdad en el rostro de Alejandro terminó de desarmarla.

Después de un largo rato, Alejandro finalmente habló:

—Isidora, date cuenta. No siento nada por ti. Por más que lo intento, entre nosotros no existe ni una chispa. ¿Quieres casarte conmigo para vivir en un matrimonio sin amor? ¿De verdad estás dispuesta a vivir en una casa donde solo tendrías un lugar decorativo? No, yo te conozco, eso no te dejaría conforme. Isidora, no te engañes a ti misma; en el fondo eres más ambiciosa que nadie.

Consumida por la vergüenza, Isidora levantó su abrigo, se lo puso a las prisas y salió del cuarto a paso rápido.

Al ver que por fin se iba, Alejandro frunció el ceño con disgusto.

Hizo una llamada con su celular:

—Señora Molina, venga a cambiar la alfombra de mi cuarto. Y tire a la basura el vaso que usó Isidora.

—Enseguida, joven.

La señora Molina entró con una alfombra limpia.

Tras terminar el cambio, le preguntó:

—Joven Alejandro, hace un momento vino una tal señorita Navarro. La trajo la señora Santor de parte de la anciana Vargas. ¿Pudo platicar con ella?

Alejandro se quedó pasmado:

—¿Elena estuvo aquí?

Recordó el momento en que Isidora se había despojado del abrigo frente a él y una inquietud amarga le atravesó el pecho.

¿Y si Elena lo había visto? Seguro habría malinterpretado las cosas.

Se levantó de inmediato, con la intención de ir a buscarla.

La señora Molina le advirtió, preocupada:

—Joven, ahorita no debe hacer esfuerzos. Esa señorita Navarro no debe haber llegado muy lejos. Deje que mande a alguien a alcanzarla para que regrese.

Las heridas de su espalda aún le punzaban de dolor. Sin importarle nada, intentó cruzar la puerta, pero tropezó y cayó al suelo.

La señora Molina corrió a ayudarlo a levantarse.

Él le ordenó con voz angustiada:

—No te preocupes por mí. Ve a buscarla, necesito verla.

Capítulo 362 1

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