Luego miró a Diana con tono sarcástico:
—Qué mala suerte traemos. Salimos un rato y siempre terminamos cruzándonos con la misma tipa insoportable.
Diana montó en cólera de inmediato:
—¿A quién le estás diciendo eso?
La vez anterior, Inés se había contenido de hacer un escándalo para no asustar a su hija, pero ahora que la niña estaba en casa, podía soltarse con confianza.
—Si te quedó, por algo será. He conocido gente limitada, pero contigo de verdad una pierde la capacidad de sorprenderse.
A Elena se le escapó una risa.
Diana se puso roja del coraje.
Elena sacó su tarjeta bancaria y pagó.
La vendedora le empacó las cosas, rezando por dentro para que se fueran lo más rápido posible.
Con sus compras en la mano, Elena salió de la tienda junto a Inés.
Diana fulminó a la vendedora con la mirada:
—¿No habíamos quedado en que no le ibas a vender nada?
La empleada quería llorar de la frustración, pero no se atrevió a decir ni media palabra.
Diana la insultó un par de veces para desahogarse y terminó por irse de ahí.
Al enterarse de que Elena estaba por irse de Ciudad del Norte, Inés le dijo:
—La otra vez quedamos en que te iba a invitar a comer a la casa, ¡no te puedes ir tan pronto! Si no tienes planes para ahorita, ¿por qué no vienes a mi casa?
Como no podía rechazar semejante invitación, Elena aceptó acompañarla.
En el camino, Inés le fue platicando sobre su familia política:
—Mi suegro es profesor de Farmacia en la Universidad A, y mi suegra es doctora. Mi esposo y su hermana también son doctores. Aunque de repente son medio conservadores, la verdad es que son muy buenas personas.
En el pasado, los papás de Inés le habían presentado a muchos jóvenes de familias ricas, pero ninguno le convenció.


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