Desde que Mariana se la pasaba amenazando a Alejandro con quitarse la vida para llamar su atención, la abuela Vargas no la pasaba ni en pintura. Las dos familias habían deshecho el compromiso por las buenas, y la culpa había sido de Mariana, ¿con qué derecho venía a hacer sus panchos?
Mariana hizo pucheros, fingiendo estar lastimada.
—Ay, abuela, si antes yo era su consentida. ¿Por qué me trata tan frío ahora? Yo solo venía a saludarla.
—No me digas abuela —le cortó la señora Vargas en seco—. Contigo nunca se sabe. A ver si no me sales con uno de tus escándalos y me arruinas la tarde.
Mariana sacó su regalo, inflando el pecho de orgullo.
—Mire, le traje unos postres que preparó el chef privado de mi papá. Son unas delicias gourmet, mil veces mejores que cualquier galletita casera que andan regalando por ahí. ¡Pruébelos!
La señora Vargas ni siquiera abrió la caja.
—A mi edad ya no puedo comer tanto dulce. Mejor llévate tus postres.
Al sentirse rechazada frente a todos, Mariana apretó los puños y volteó hacia Alejandro, lloriqueando:
—¡Alejandro, mira a tu abuela! ¡Ya no me quiere!
Alejandro ni se inmutó, pero sus palabras cortaron como cuchillos.
—Si ya viste que no eres bienvenida, ¿qué sigues haciendo aquí?
Mariana se puso roja de la vergüenza, pero como no quería separarse de él, se hizo la ofendida y se sentó a su lado, negándose a marcharse.
A la abuela Vargas le dolía la cabeza de solo verla, así que optó por ignorarla.
—Hazte para acá, mijo —le dijo a Alejandro—. Siéntate junto a Elena. Vamos a jugar a las adivinanzas. Las haremos en parejas, ustedes dos hacen buen equipo.
Alejandro, siempre obediente con su abuela, se cambió de lugar de inmediato y se sentó junto a Elena.
Elena bajó la mirada, sin atreverse a verlo a los ojos.
Mariana hervía de rabia, pero no se atrevió a hacer un berrinche y se quedó callada en su asiento. Ella siempre había sido lista, hasta tenía una maestría en finanzas en el extranjero; no creía que un jueguito de señoras le fuera a quedar grande.



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