Mariana se mordió el labio inferior y, fingiendo un tono mimado, dijo:
—De verdad no puedo adivinar este, abuela, enséñeme.
La anciana Vargas rio con ganas.
—La respuesta es un cohete de fuegos artificiales. Es un acertijo sacado de una obra clásica. Recuerdo que en nuestras familias siempre nos aseguramos de que los niños leyeran a los grandes clásicos. Pensé que podrías adivinarlo.
El rostro de Mariana se puso rojo de la vergüenza.
Desde pequeña, para demostrar que era superior y diferente, se había negado a estudiar la cultura y literatura tradicional que aprendían los demás niños de su círculo, prefiriendo enfocarse solo en idiomas extranjeros.
Ahora había quedado en ridículo.
La señora Delgado intervino:
—Lo que nos dejaron quienes estuvieron antes que nosotros vale demasiado. Si ni nosotros lo cuidamos, cualquiera viene, lo toma y lo presume como suyo.
Las familias con verdadera tradición siempre daban mucha importancia a la formación cultural de sus hijos. La familia Moreno no tenía tanto abolengo, y su forma de educar a los hijos dejaba mucho que desear.
La anciana Vargas sacó unas hermosas pulseras de esmeralda y se las entregó a Elena.
—Hoy adivinaste muchísimos acertijos. Este es tu premio.
Las pulseras tenían un color profundo y cristalino; a simple vista se notaba que eran joyas de altísima calidad.
Elena se sintió un poco incómoda y las rechazó cortésmente:
—Señora, estas pulseras son demasiado valiosas, no puedo aceptarlas.
Alejandro, que estaba a su lado, le dijo:
—Mi abuela tiene muchísimas joyas así. No te sientas presionada, acéptalas.
Las otras ancianas alrededor comenzaron a reír.
La señora Delgado bromeó:
—Miren nada más, Alejandro nos está echando indirectas. ¿Acaso solo tu abuela tiene cosas buenas y nosotras no?
Se quitó un anillo de rubí que llevaba en el dedo y se lo ofreció a Elena.
—Muchacha, eres muy inteligente y me caíste muy bien. Si no quieres ser la nieta política de la familia Vargas, también puedes considerar a nuestra familia Delgado. ¡Tengo cuatro nietos, puedes escoger al que quieras!
Elena se sonrojó de inmediato, sin saber qué responder.
La anciana Vargas le dio un manotazo amistoso a su amiga y bufó:
—Mírenla, qué descarada. ¡Viene a robarme a la gente en mi propio evento! ¡Si quieres una nieta política, búscatela tú misma!

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