Aunque la hayan lastimado infinidad de veces, siempre vuelven con él.
Javier le contestó con un audio, sonando bastante compasivo:
—Alejandro, el corazón es un desmadre. Si Elena decide regresar con Diego, pues ni modo, no hay nada que puedas hacer.
Alejandro se quedó mirando la noche a través de la ventana, con una expresión indescifrable.
Al día siguiente, Nerea recibió un mensaje del jefe Vargas pidiéndole que se deshiciera de una maceta con orquídeas.
Aunque le pareció raro, no hizo preguntas y fue directo a la oficina.
Alejandro estaba parado frente al ventanal, de espaldas a ella. Nerea lo miró con duda un momento, pero terminó llevándose las orquídeas en silencio.
En la tarde, al salir del trabajo, Elena vio a Nerea cargando una maceta que le resultaba muy familiar.
—Nerea, ¿esa orquídea la compraste tú? —le preguntó.
Nerea no esperaba topársela ahí y se sintió un poco incómoda.
—Ah, es la que le regalaste al señor Vargas. Ya no la quiere en su oficina y me pidió que la tirara.
A Elena se le apretó el pecho.
Con la garganta cerrada, Elena se obligó a sonreír.
—¿Ah, sí? Entiendo.
Dio media vuelta y se alejó.
Nerea apretó los labios y guardó un minuto de silencio mental por su jefe.
Tirar el regalo de Elena y dejar que ella lo viera era el peor error del mundo.
Si después Alejandro se arrepentía, iba a estar difícil que pudiera conquistarla.
No entendía cómo un hombre tan brillante para los negocios podía ser tan torpe para el amor.
¡Si le gusta, que se lo diga y ya! Pero bueno, ahí estaba ella, preocupándose más que el propio interesado.
***
El sábado por la tarde, Elena asistió a la merienda que había organizado la abuela Vargas y le llevó unas galletas caseras que ella misma había horneado.
La señora Vargas abrió el detalle y quedó encantada, compartiéndolo de inmediato con sus amigas.

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