Como el director Ortiz menospreciaba las obras de su difunta esposa, su pintura estaba arrumbada en un rincón que a nadie le importaba.
Amelia no era de las que juzgaba sin saber, ni tampoco le gustaba meterse en chismes ajenos.
—No tengo forma de comprobar quién dice la verdad —le dijo a Valentina—. Lo mejor será que las dos dejen las cosas por la paz.
Valentina, que quería quedar bien con ella, le siguió la corriente.
—Está bien. Si usted dice que lo dejemos así, lo dejamos así.
Luego miró la pintura en la pared. Al recordar que Elena llevaba rato contemplándola, soltó un comentario despectivo:
—Elena, ¿alguna vez habías pisado un lugar tan elegante? ¿Tú qué vas a saber de arte? Habiendo tantas obras maestras aquí, vienes a pararte enfrente de esta pintura sin nombre y sin ningún valor artístico. Qué ridícula eres.
Los mejores lugares de la galería estaban reservados para las pinturas famosas, por lo que era obvio que ese rincón era para las sobras que a nadie le interesaban.
Lo que Valentina no notó fue que el semblante de Amelia se endureció de golpe.
—Mamá —le siguió el juego Adriana—, Elena no pertenece a nuestro círculo; es natural que no entienda estas cosas.
Con eso buscaba dejarle claro a Amelia que Elena no era de su clase social y que no valía la pena tratarla con cortesía.
Al escuchar eso, la cara de Amelia se oscureció aún más.
Se giró hacia el empleado y ordenó:
—Acompaña a estas dos señoras a la salida.
El guardia se acercó a Valentina y Adriana.
—Por favor, síganme.
Ambas se quedaron viendo a Amelia, totalmente confundidas.
—Señorita Ortiz, ¿por qué nos corre a nosotras?
A la que debían sacar a patadas era a Elena.
—Esa pintura la hizo mi madre —aclaró Amelia con voz gélida—. No voy a permitir que nadie hable mal de su obra. Si no es de su agrado, les pido que se retiren.
Valentina sintió que el mundo se le venía abajo al darse cuenta del grave error que acababa de cometer.
Quería ganarse a su futura nuera y terminó arruinándolo todo ella sola. Intentó explicarse, pero los de seguridad no les dieron tregua.
Así, madre e hija terminaron siendo echadas a la calle.
Amelia miró a Elena y se disculpó:
—Perdóname por no haberte creído desde el principio y no haberlas sacado de inmediato.
Por la actitud tan nefasta que tenían, ya se imaginaba que ellas habían empezado el pleito.

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