Amelia Ortiz sonrió.
—No puedo creer que seas la única a la que le ha gustado. Todos los demás vienen directo a ver las obras famosas. Eres la única que sabe apreciar el arte de mi madre.
—¿Tu mamá era pintora? —preguntó Elena.
Amelia asintió.
—Sí, aunque nunca fue famosa. Se suicidó por depresión cuando yo tenía diez años. Esta fue su última obra. A mi padre no le gusta que la exhiba, pero yo quiero que la gente la vea y reconozca su talento.
—Es una pena que su talento haya quedado en el olvido —suspiró Elena.
—Así es —coincidió Amelia—. Si nunca se hubiera casado con mi papá, seguro habría tenido una vida muy diferente.
Al ver el interés de Elena, Amelia se portó generosa:
—Si te gusta, te la regalo.
—¿Me la regalas? —se sorprendió Elena.
Amelia asintió:
—Prefiero dejársela a alguien que de verdad sabe apreciarla antes que verla en manos de gente ignorante que solo la quiere para revenderla. Espérame un momento, voy por alguien para que la descuelgue.
Elena no se esperaba que hablara en serio. Se quedó sin palabras por un momento, pero decidió esperarla.
Adriana y Valentina entraron a la galería.
Valentina ya había salido de la cárcel hacía tiempo, pero por pura vergüenza no se había atrevido a ir a ningún evento social. Ese día por fin se animó a acompañar a su hija al coctel.
Con la boda de su hija ya resuelta, lo único que le quitaba el sueño era casar a su hijo.
Había escuchado que el dueño de la galería era el director Ortiz, del Grupo Arvion, y que tenía una hija única llamada Amelia, de la misma edad que Tomás y con mucho talento para la pintura.
Por desgracia, la esposa del director Ortiz había fallecido muy joven, así que Amelia no tuvo a una madre que la introdujera en sociedad, por lo que casi nadie en la alta esfera la conocía. Valentina hizo todo lo posible por conseguir una foto de ella y le pareció bastante bonita.
De hecho, pensaba que era una ventaja que Amelia hubiera crecido sin madre; seguramente sería una joven necesitada de afecto y fácil de manipular. Si se casaba con Tomás, viviría volcada por completo en su familia política.
Echó un vistazo por el lugar, pero en vez de encontrar a Amelia, se topó con Elena.
Recordar que, por culpa de aquella malagradecida, había pasado un mes en los separos la llenó de rabia al instante.

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