—Así es, prometimos no meternos con su trabajo. Pero si tu tía quiere un ascenso, me temo que lo tendrá muy difícil. Elena, no querrás que, por tu culpa, todo el esfuerzo de tu tía durante estos años no sirva para nada y se quede estancada por el resto de su vida, ¿verdad?
Elena apretó los puños con fuerza.
—Está bien. Voy para allá.
—Si fueras así de obediente desde el principio, nos ahorraríamos todo esto.
Elena colgó la llamada y se preparó para salir hacia la mansión de los Romero.
Isabel, preocupada, le preguntó:
—¿Beatriz te volvió a amenazar? Si quieres, le pedimos ayuda al señor Vargas.
Elena negó con la cabeza:
—No hace falta. Seguro solo quiere desquitarse conmigo por no haber ido a ver a Diego. Pero no soy ninguna dejada, no me voy a quedar callada si intenta humillarme.
Dicho esto, Elena salió y tomó un taxi directo a la mansión de los Romero.
Al entrar en la sala, vio a Beatriz y a Adriana sentadas en el sofá.
Adriana la observó con los ojos cargados de envidia.
Justamente ese mismo día, al ir de visita a la mansión de los Romero, se había enterado de que Diego estaba en el hospital.
Últimamente, él no le avisaba dónde andaba ni le contaba nada, ni siquiera que se había enfermado.
La inseguridad la carcomía por dentro.
Por eso, había decidido hacer algo que nunca hacía: ir a hacerle la barba a Beatriz. Esperaba ganarse el apoyo de su suegra para afianzar su posición en la familia y, de paso, humillar a Elena.
Pero a Elena no le interesaba en lo más mínimo lo que ella estuviera pensando. Fijó su mirada en Beatriz y le preguntó directamente:
—Señora Romero, ¿para qué me llamó?
—¿Acaso no te puedo llamar si no hay un motivo especial? Eres la nuera de la familia Romero, y si quiero que vengas, tienes que venir sin decir ni media palabra.
A pesar de que Elena y Diego nunca firmaron el acta de matrimonio, Beatriz seguía dándose ínfulas de suegra.
Elena le echó un vistazo al vientre de Adriana, que ya empezaba a notarse un poco.
Luego sonrió con burla.
—Señora Romero, vamos a dejarnos de rodeos. Sé perfectamente que Diego y yo jamás estuvimos casados. Y también sé que Diego y Adriana son marido y mujer ante la ley. Ya hasta van a tener un hijo y yo, siendo alguien que no tiene nada que ver, me retiré por voluntad propia. ¿Por qué siguen insistiendo en no dejarme en paz? ¿Por qué me obligan a regresar para verles esas caras tan hipócritas?

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