Elena salió con dos platos de pasta humeante y miró a Alejandro, que estaba en el sofá.
—Señor Vargas, venga a cenar.
Al ver que se quedaba en silencio y sin moverse, lo llamó de nuevo:
—¿Señor Vargas?
Alejandro parpadeó, se levantó y caminó hacia la mesa del comedor. Observó la apetitosa pasta que tenía enfrente y, con tono indiferente, le dijo:
—Te acaba de llegar un mensaje al celular, ¿no quieres revisarlo?
Elena sacó una servilleta, se secó las manos y se acercó al sofá. Tomó el celular y, al ver que era de Enzo, se quedó un poco sorprendida.
Después de aquella entrevista, Enzo le había mandado mensajes varias veces; siempre eran preguntas profesionales y ella le contestaba cuando tenía tiempo libre.
Pero jamás se imaginó que la invitaría a comer.
Consideró que no tenían la confianza suficiente y que salir a solas era totalmente innecesario, así que le respondió con un simple: [Una disculpa, últimamente he estado muy ocupada]. Guardó el teléfono, regresó a la mesa y se sentó.
—¿Era de trabajo? —preguntó Alejandro.
—Es de un muchacho que conocí durante las entrevistas para el instituto —explicó ella—. Es bastante aplicado y le gusta hacerme preguntas sobre el tema.
Alejandro soltó un leve «Ah», como si no le diera la más mínima importancia, y siguió comiendo.
Al terminar, Elena recogió los platos y los metió al lavavajillas.
Luego amarró bien la bolsa de basura para bajarla a tirar.
Cuando salió al pasillo, se dio cuenta de que Alejandro también se estaba poniendo los zapatos.
—¿Vas a salir? —preguntó Elena.
—Te acompaño a tirar la basura.
Elena soltó una pequeña risa.
—No hace falta.
—Vamos juntos.
Él bajó con ella.
Después de tirar la basura, caminaron un rato por el paseo del río antes de regresar al edificio.
De repente, un repartidor de comida en motocicleta pasó a toda velocidad, casi rozándolos.
Por instinto, Alejandro agarró a Elena por la cintura y la jaló hacia él.
Elena volvió a sentir esa presencia que siempre la desarmaba y notó cómo se le encendía el rostro.
—Ten cuidado —le dijo, soltándola poco a poco.
Elena murmuró un ligero asentimiento, fingiendo no haberse inmutado.
Apenas llegó a su departamento, Isabel tocó a la puerta.
Al verle la mirada soñadora, Isabel le sonrió con picardía:
—¿Ya estuviste con Alejandro?
Elena se acomodó el cabello, sin confirmar ni desmentir nada.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico