—Por supuesto que Alejandro es mucho más confiable que tú —respondió Elena con sarcasmo.
Diego se quedó sin palabras.
Sintió que, si insistía en lo mismo, solo terminarían en una discusión inútil.
Si Elena quería trasladar a su abuela, por ahora la dejaría hacer lo que quisiera.
Así que cambió de tema.
—Yo también estoy preocupado por la salud de la abuela. Hace poco vi en las noticias que un tal doctor Rojas en el extranjero operó con éxito a dos ancianos de trasplantes de hígado. Planeo invitarlo a Ciudad del Río para que opere a tu abuela.
Pensó que Elena se alegraría al escuchar la noticia, pero ella permaneció imperturbable.
—Lo sé, pero no necesito tu ayuda.
Tenía planeado pedirle el favor al profesor Álvarez.
Y si él no podía, acudiría a sus colegas, los profesores Santini o Campos.
Diego frunció el ceño.
—No compliques más las cosas. La salud de la abuela es lo primero, y tú no tienes los contactos necesarios para traer al doctor Rojas.
—Tú dedícate a tu trabajo y a Adriana —dijo Elena con frialdad—. Ya no te necesito. Ahora, ¿me puedo ir?
Cada vez que ella había necesitado su ayuda, él no solo había faltado, sino que además la había traicionado.
Ya no esperaba absolutamente nada de él.
Diego estaba a punto de replicar cuando ella abrió la puerta del coche, bajó sin mirar atrás y se alejó.
Al verla alejarse, sintió una opresión insoportable que casi no lo dejaba respirar.
De verdad sentía que Elena había cambiado.
Apretó el volante y respiró hondo una y otra vez hasta contenerse.
Lo más importante ahora era conseguir al doctor Rojas. Si la abuela se recuperaba, y con su ayuda como mediadora, estaba seguro de que Elena no podría dejarlo.
Condujo de regreso a la casa que compartía con Adriana.
Ella lo estaba esperando en la puerta y, al verlo, se aferró a su brazo con cariño.
—Diego, ¿por qué llegas tan tarde?

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