Al ver que él no hacía el menor esfuerzo por tranquilizarla, Adriana sintió que la rabia le revolvía el estómago.
Sin embargo, no se atrevió a hacer una rabieta. Temía que si colmaba la paciencia de Diego, él se hartara y dejara de visitarla.
A pesar de estar casados legalmente, todavía no sentía que tuviera el corazón de Diego en sus manos.
Su guerra contra Elena iba para largo; tenía que ser paciente y no precipitarse.
Al reflexionar sobre esto, volvió a su faceta dulce y sumisa.
—Diego, si estás muy cansado, ¿por qué no vas a descansar a la recámara?
Él asintió secamente, se levantó y se dirigió a su despacho.
Adriana se tragó la frustración y, con un tono mucho más meloso, le dijo:
—Le diré a la empleada doméstica de la limpieza que te prepare algo de cenar para llevártelo en un rato.
Sin responderle, Diego entró a la habitación y cerró la puerta.
Ya tenía en mente a la persona perfecta que podría ponerlo en contacto con el doctor Rojas.
Marcó el número y, cuando le contestaron, habló con mucho respeto:
—Director Valverde, soy yo. Quería pedirle un enorme favor. Un familiar muy querido está grave de salud y nos gustaría que el doctor Rojas lo operara. Sé que usted tiene contactos en el extranjero... ¿Cree que podría ayudarme a comunicarme con él?
Gracias a la Sra. Valverde, Diego había tenido la oportunidad de conocer al director Valverde.
En Navidad o en su cumpleaños, siempre le mandaba mensajes para felicitarlo y, de vez en cuando, le preguntaba por su salud.
Pero jamás le había pedido un favor.
Sabía perfectamente que, en ese círculo, entre más favores debes, más te cuestan a la larga.
Era la primera vez que se atrevía a pedirle algo, y el director Valverde no dudó en aceptar.
—Claro, me pondré en contacto con él para checar si tiene disponibilidad.
El director Valverde adoraba a su esposa, y como la familia Romero la había ayudado en el pasado, estaba más que dispuesto a devolverles el favor.
—Muchísimas gracias, director Valverde —respondió Diego aliviado.
Pero, al mismo tiempo, sintió un ligero remordimiento.
Gastar una carta tan valiosa con el director Valverde por la enfermedad de la abuela Navarro significaba que, si en el futuro necesitaba algo de verdad importante para la empresa, la deuda sería mucho mayor.
Solo esperaba que Elena valorara el esfuerzo y lo tratara mejor a partir de ahora.
Afuera, pegada a la puerta, Adriana había escuchado toda la conversación.
Apretó los puños con fuerza.
¡Diego se estaba rebajando a pedirle favores al director Valverde por culpa de Elena! ¿Qué se creía esa tipa? ¡Esa gata solo era un juguete que la familia Romero había mantenido!


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