—Tengo una urgencia, me voy —le dijo a Adriel.
—Te llevo —se ofreció él.
Elena negó con la cabeza.
—No es necesario.
Dicho esto, se dispuso a irse.
Diego la detuvo.
—¿Qué pasa? ¿Le pasó algo a tu abuela otra vez? Te llevo...
Al parecer, se le había olvidado por completo el daño que él y Adriana le habían hecho a la anciana.
Pero Elena sí lo recordaba.
Tomó el vaso de agua que estaba en la mesa y se lo arrojó a Diego en la cara.
Él no esperaba que lo tratara así y la miró, incrédulo.
—¡Elena!
Con el rostro lleno de repulsión, ella soltó:
—Diego, me das asco. Aléjate de mí y de mi familia.
Era la primera vez que le hablaba con tanta frialdad.
Diego se quedó pasmado, olvidando incluso la intención de tomarla del brazo.
Elena no le prestó más atención y salió del restaurante.
Al ver que Diego pretendía ir tras ella, Adriel se interpuso en su camino y le dijo con burla:
—¿No escuchaste bien? Elena dijo que le das asco, ¡no seas terco y deja de humillarte a ti mismo!
Al recordar la expresión de odio en el rostro de Elena, Diego sintió cómo el miedo se le instalaba por dentro.
«¿Acaso Elena me odia?»
No podía ser.
Hizo a un lado a Adriel y salió corriendo tras ella.
Cuando Elena llegó al hospital y vio a su abuela descansando tranquilamente en la cama, supo que había sido una falsa alarma y soltó un suspiro de alivio.
Se dirigió a su tía Carmen:
—¿Por qué no me explicaste bien en el teléfono? Casi me das un infarto.


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