Al ver al hombre, sintió una inexplicable sensación de seguridad.
Después de que Javier, que acompañaba a Alejandro, hablara unos minutos con los oficiales, a Elena y a Isabel les permitieron irse de la delegación.
Al ver que Alejandro se haría cargo de Elena, Isabel se despidió:
—Me voy, mañana paso a verte.
Elena asintió.
Al subir al coche, Alejandro notó las manchas de sangre en la comisura de sus labios y en el cuello de su blusa. Frunció el ceño y le ofreció un pañuelo. Luego le indicó al chofer:
—Al hospital.
En el hospital, a Elena le detuvieron el sangrado y le sacaron radiografías. Solo después de confirmar que no tenía otras lesiones graves, salió de ahí con Alejandro.
Al llegar a casa, Elena pensó que él le preguntaría sobre lo ocurrido, pero no dijo nada. Se mantuvo bastante tranquilo.
—Descansa bien y no pienses en nada.
Ella asintió.
Alejandro la miró de nuevo y preguntó:
—¿Quieres que me quede contigo?
Ella negó con la cabeza:
—No hace falta.
Solo cuando ella entró a su departamento, Alejandro regresó al suyo.
De inmediato, le marcó a Javier.
—¿Y bien? ¿Ya averiguaste todo?
La voz de Javier destilaba furia:
—Ese Sebastián es un infeliz. Estuvo esperando en ese hotel de las afueras para abusar de la señorita Navarro. Lo cubrieron todo con mucho cuidado, borraron las grabaciones de seguridad y el dueño del hotel insiste en que no sabe nada. El caso está muy complicado, sobre todo porque ella no sufrió lesiones graves y no hay manera de reunir pruebas.
Alejandro guardó silencio un instante y su gesto se volvió impenetrable:


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