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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 220

Ya había sobornado al gerente; podía hacer lo que quisiera y nadie iba a decir nada.

Sebastián dejó al guardaespaldas vigilando la puerta y se quedó contemplando a Elena con una avidez repulsiva.

Justo cuando iba a arrancarle la ropa, le sonó el celular. Era Isidora.

Contestó de mala gana. Isidora, con miedo de que la fuera a regar en el último minuto, le advirtió:

—Diga lo que diga, no le creas. Hazlo de una vez y no permitas que te manipule.

Había visto a Alejandro muy pegadito a Elena últimamente y ya no aguantaba las ganas de hundirla. Si Sebastián la arruinaba, cualquier posibilidad entre Alejandro y esa estúpida desaparecería para siempre.

—Ya sé, no me tienes que decir —le contestó Sebastián, desesperado, y le colgó.

Tenía pensado huir del país en cuanto terminara con aquello. Ya hasta tenía los boletos comprados. Por más que Alejandro quisiera vengarse, ni de broma lo iba a encontrar. Y, de todos modos, Isidora tenía razón: en cuanto a Alejandro se le pasara el encaprichamiento por Elena, todo aquello quedaría atrás.

Elena lo vio acercar las manos a su ropa. Apretó los puños, pero se quedó quieta.

Al verla inmóvil sobre la cama, Sebastián la miró con curiosidad.

¿De verdad ya se había dado cuenta de que no tenía escapatoria y por eso se había resignado?

Le quitó la chamarra y trató de desabotonarle el pantalón.

Elena seguía inmóvil, como si nada de aquello lograra alterarla.

El entusiasmo de Sebastián se desinfló; a él le excitaba verla resistirse y pelear. Eso era, precisamente, lo que más lo excitaba.

Pensando en que tenía a su gente afuera y que ella no tenía fuerza para nada, supuso que era imposible que se escapara. Ignoró por completo la advertencia de Isidora, le desató las cuerdas y le sacó el trapo de la boca.

Elena respiró hondo, tratando de mantener la cabeza fría.

Sebastián le sujetó la barbilla con una sonrisa, dispuesto a besarla.

Elena volteó la cara para esquivarlo y él le acomodó una cachetada durísima.

Ella apretó los dientes sin soltar un solo quejido.

Sebastián perdió los estribos:

—¡Llora de una vez! ¡Quiero verte suplicar, quiero que te defiendas!

Capítulo 220 1

Capítulo 220 2

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