Ya había sobornado al gerente; podía hacer lo que quisiera y nadie iba a decir nada.
Sebastián dejó al guardaespaldas vigilando la puerta y se quedó contemplando a Elena con una avidez repulsiva.
Justo cuando iba a arrancarle la ropa, le sonó el celular. Era Isidora.
Contestó de mala gana. Isidora, con miedo de que la fuera a regar en el último minuto, le advirtió:
—Diga lo que diga, no le creas. Hazlo de una vez y no permitas que te manipule.
Había visto a Alejandro muy pegadito a Elena últimamente y ya no aguantaba las ganas de hundirla. Si Sebastián la arruinaba, cualquier posibilidad entre Alejandro y esa estúpida desaparecería para siempre.
—Ya sé, no me tienes que decir —le contestó Sebastián, desesperado, y le colgó.
Tenía pensado huir del país en cuanto terminara con aquello. Ya hasta tenía los boletos comprados. Por más que Alejandro quisiera vengarse, ni de broma lo iba a encontrar. Y, de todos modos, Isidora tenía razón: en cuanto a Alejandro se le pasara el encaprichamiento por Elena, todo aquello quedaría atrás.
Elena lo vio acercar las manos a su ropa. Apretó los puños, pero se quedó quieta.
Al verla inmóvil sobre la cama, Sebastián la miró con curiosidad.
¿De verdad ya se había dado cuenta de que no tenía escapatoria y por eso se había resignado?
Le quitó la chamarra y trató de desabotonarle el pantalón.
Elena seguía inmóvil, como si nada de aquello lograra alterarla.
El entusiasmo de Sebastián se desinfló; a él le excitaba verla resistirse y pelear. Eso era, precisamente, lo que más lo excitaba.
Pensando en que tenía a su gente afuera y que ella no tenía fuerza para nada, supuso que era imposible que se escapara. Ignoró por completo la advertencia de Isidora, le desató las cuerdas y le sacó el trapo de la boca.
Elena respiró hondo, tratando de mantener la cabeza fría.
Sebastián le sujetó la barbilla con una sonrisa, dispuesto a besarla.
Elena volteó la cara para esquivarlo y él le acomodó una cachetada durísima.
Ella apretó los dientes sin soltar un solo quejido.
Sebastián perdió los estribos:
—¡Llora de una vez! ¡Quiero verte suplicar, quiero que te defiendas!
Se le llenaron los ojos de lágrimas y corrió hacia ella.
Isabel la vio y se quedó con la boca abierta.
—¡Elena!
***
Una hora después, Elena, Isabel y el gerente del hotel estaban metidos en la delegación.
Sebastián había sido trasladado al hospital, así que por el momento no podían interrogarlo.
El gerente fingió no saber nada y aseguró una y otra vez que no estaba enterado de nada. Los videos de las cámaras de seguridad habían desaparecido mágicamente; Elena no tenía cómo comprobarle los cargos a Sebastián.
En ese momento, un par de siluetas entraron a las oficinas.
—Señor Vargas.
Al escuchar el tono de reverencia con el que los policías lo saludaban, Elena levantó la vista por inercia y se topó de frente con aquellos ojos negros como la noche.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Me gustó mucho esta novela, bastantes enemigas tuvo la protagonista, pero me gustó como terminó; me hubiera gustado saber más de como se casó Sofia y en qué terminó Diana. Pero le doy 9 de 10....
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....