En ese momento, le llegó un mensaje de Alejandro.
[Avísame cuando despiertes, te llevo el desayuno].
Elena le contestó:
[Ya estoy despierta].
Dos minutos después, sonó el timbre y Elena fue a abrir.
Alejandro estaba parado en la puerta, con ropa cómoda de color blanco y una expresión serena.
Elena lo dejó pasar.
Él dejó la comida sobre la mesa y preguntó:
—¿Dormiste bien?
Elena asintió:
—Más o menos.
No tenía mucho apetito y, como aún le dolían las encías, apenas probó un par de cucharadas antes de dejarlo.
Luego, miró a Alejandro:
—¿Se comunicó contigo el abogado Cortés? Si demando a Sebastián, ¿qué tantas posibilidades tengo de ganar?
Alejandro recordó las palabras de Javier de la noche anterior y respondió en tono neutro:
—Está seguro de que ganará el caso.
Elena sonrió:
—Qué bueno. Cuando ganemos, invitaré a comer al abogado Cortés.
Al hablar, se rozó sin querer la herida y sintió de nuevo un dolor agudo en las encías.
Al verla hacer una mueca de dolor, Alejandro suspiró. De pronto, extendió la mano y le acarició el cabello.
—Elena, si vuelve a pasar algo así, no seas tan tonta.
—¿Qué? —Lo miró confundida. No sabía si era cosa suya, pero por un instante creyó ver una preocupación real en él.
—Menos mal que era un tercer piso. Si hubiera sido más alto, ¿también te habrías lanzado?
Ella no tenía idea de que la noche anterior, al leer el reporte policial y enterarse de que se había aventado desde el tercer piso, él había sentido un golpe seco en el pecho.

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