Elena la tranquilizó con dulzura:
—Tranquila, no pasa nada. Diego y yo solo tuvimos una discusión de casados. ¿Te asustaste mucho?
Diego también intervino con tono amable:
—Ariadna, ya le pedí perdón a tu prima. Te prometo que de ahora en adelante la voy a tratar como una reina. Lo de hoy no va a volver a pasar.
Ariadna lo fulminó con la mirada, pero se quedó callada.
No le creía ni una sola palabra.
En eso, a Diego le entró una llamada de Adriana.
Salió al pasillo para contestar.
Unos minutos después, regresó y se dirigió a Elena:
—Tengo un pendiente en la empresa, me tengo que ir. Tú descansa.
Era la misma excusa de siempre.
Elena asintió con indiferencia:
—Está bien. Que te vaya bien.
Diego tenía la intención de hacer las paces en serio, pero al verla tan cortante, se le quitaron las ganas y dio media vuelta para marcharse.
En cuanto se fue, Ariadna miró a Elena con preocupación:
—¿Te duele mucho?
Elena negó con la cabeza:
—No es nada, Ariadna. Por favor, olvida lo que acaba de pasar.
El timbre volvió a sonar.
Elena pensó que Diego había regresado por algo; sin embargo, al abrir, vio que era Alejandro.
Alejandro le entregó unas bolsas con la cena y le dijo secamente:
—Asegúrate de comer bien.
Y sin decir más, se dio la vuelta y se fue.
Elena quiso darle las gracias, pero al notar que él no tenía intención de conversar, se tragó las palabras y no intentó detenerlo.
Mientras cenaban, Ariadna comentó de la nada:
—Oye... yo creo que el vecino de enfrente está enamorado de ti.

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