Elena le sonrió.
—Ah, está bien. Pásale.
Alejandro le acercó los juguetes a Chispa.
Al principio, el perrito no se animaba a acercarse a ellos.
Pero al ver que Alejandro estaba sentado en el sillón sin moverse y sin intenciones de molestarlo, se armó de valor. Agarró una de las pelotas con las patas delanteras, la mordió y se la llevó a su camita para ponerse a jugar con ella.
Elena todavía cojeaba un poco al caminar. Señaló hacia donde estaba la jarra y le dijo:
—Sírvete agua si quieres.
Alejandro asintió. Fue a servirse y de paso le sirvió un vaso a ella también.
Elena le dio un trago al agua y, con un gesto algo incómodo, murmuró:
—Oye... gracias por lo de ayer.
Alejandro solo asintió levemente.
—De nada.
El hecho de que no le preguntara el motivo de la discusión la alivió un poco.
—¿Ya te cambiaste las vendas? —preguntó Alejandro.
—Al rato me las cambio —respondió ella.
—Yo te ayudo. ¿Dónde tienes el botiquín?
Al ver que él insistía, ella le señaló un mueble.
—En el segundo cajón.
Alejandro trajo el botiquín, se agachó frente a ella, le acomodó el pie lastimado sobre su propio muslo y, con la cabeza inclinada, le quitó las vendas con mucho cuidado.
Su pie, pequeño y delicado, parecía aún más frágil entre las manos de él.
Elena se turbó al instante. El dolor había pasado a segundo plano, reemplazado por una sensación extraña que la desarmó.
Antes de desinfectarle la herida con un algodón con alcohol, él le advirtió con voz suave:
—Va a arder un poco, aguanta.
—Está bien.
En cuanto el alcohol tocó la piel abierta, el ardor se hizo presente.
Por puro instinto, ella apretó con fuerza la tela de la camisa de él.
Él alzó la vista y, al notar que ella estaba a punto de llorar, inclinó la cabeza y sopló con suavidad sobre la herida.
Elena se tensó al instante; un estremecimiento inesperado le recorrió el cuerpo y la hizo sobresaltarse.
Él dejó escapar una leve risa y, movido por un impulso travieso, volvió a soplar sobre la herida. Al verla aferrarse con más fuerza a su camisa, guardó silencio unos segundos antes de aplicarle la pomada.
Elena se mordía el labio, incapaz de disimular la vergüenza.

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