Ver a Elena adolorida hizo que Diego se sintiera culpable.
Había actuado por puro impulso.
Él no quería lastimarla.
Pero la sola idea de que alguien la estuviera cortejando lo irritaba profundamente; no soportaba sentir que estaba perdiendo el control sobre ella.
Además, le aterraba la posibilidad de que Elena cayera ante los encantos de un buen partido.
Si llegaba a perderla, sería algo que no podría soportar.
Isidora, que había ido a una consulta de seguimiento, reconoció el coche de Alejandro en el estacionamiento.
Levantó una ceja y entró a buscarlo.
Su expresión se endureció de inmediato cuando lo vio junto a Elena.
—Alejandro.
Se acercó a él.
—¿Qué hacen aquí?
—La señorita Navarro se lastimó y la traje —explicó Alejandro.
A Diego no le hizo gracia el comentario, pero logró contenerse:
—Señor Vargas, Elena y yo somos esposos, yo me encargo de cuidarla. Si tienes cosas que hacer, puedes retirarte.
Alejandro soltó una risa irónica:
—Hace un momento, el señor Romero estaba agrediendo a su esposa y asustó a una niña. Simplemente no pude quedarme de brazos cruzados. Si me voy, ¿quién me asegura que no le seguirás levantando la mano a la señorita Navarro?
Justo cuando el ambiente estaba a punto de estallar...
Sonó el celular de Elena.
Era su abuela.
La voz de la anciana sonaba muy angustiada:
—Ariadna me acaba de marcar llorando, me dijo que Diego te estaba haciendo daño y que saliste lastimada. ¿Es cierto?
Elena no quería mortificar a su abuela, así que se aguantó el dolor físico y emocional, y forzó un tono alegre:
—Estoy bien, abuela. Ariadna está chiquita y no supo explicar bien las cosas. Fue un malentendido. Diego y yo solo tuvimos una discusión, ya sabes, pleitos de casados. No te preocupes por nada.
Al escuchar esto, Diego sintió un gran alivio.


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