«Después de la comida, Valeria usó la excusa de "bajar la comida" para arrastrarla de compras.
Ese centro comercial era propiedad de la familia Luján, por lo que Valeria la llevó directamente al séptimo piso, a la zona de marcas de lujo, para "surtirse".
Mientras Valeria elegía bolsos con la ayuda de la vendedora, Julia echaba un vistazo a la nueva temporada en la sección de ropa de diseño, analizando con detalle los cortes, los colores y cada elemento de las prendas.
Aunque las marcas más exclusivas no solían alejarse de sus clásicos, eran esos pequeños ajustes en el cuello o en la cintura los que dictaban el rumbo de la moda.
Con la mirada puesta en un vestido, vio de reojo que alguien se acercaba. Iba a apartarse, pero el hombre la llamó.
—¿Cuñada Julia?
Julia parpadeó, confundida. Miró detrás de ella y, al no ver a nadie más, se señaló a sí misma, dudando.
—¿Me hablas a mí?
El hombre, alto y espigado, vestía ropa de diseñador que le daba un aire despreocupado pero elegante. Tenía la piel radiante y el cabello rubio despeinado. La miraba con una amplia sonrisa.
—Así es, Julia. La última vez te vi de lejos y me pareció que tenías un porte espectacular. Ahora que te veo de cerca, eres despampanante.
¿Sería amigo de German? Ella no recordaba haberlo visto jamás.
Era increíble que German tuviera amistades tan zalameras.
Aun así, asintió con cortesía.
—Hola.
—Julia, soy Santiago Vaca. Pero puedes decirme Santi.
—Hola, señor Vaca —respondió ella, con una formalidad excesiva.
Santiago se echó a reír.
—La última vez le dije a German que los iba a invitar a subir con nosotros un rato, pero en un parpadeo, ya se habían ido a casa.
Julia se quedó en blanco. No tenía ni idea de cuándo había pasado eso, pero prefirió seguirle la corriente para no quedar mal.
—Ah, sí. Esa vez tenía un compromiso urgente, así que nos tuvimos que ir antes.
—Ya veo. Llegué a pensar que te habías pasado un poco de copas.
¿Pasado de copas?
La comisura de sus labios se contrajo ligeramente.
A Santiago se le daba bien hablar con cualquiera. A Julia no le quedó de otra más que asentir con incomodidad.
Por suerte, Valeria terminó de comprar y, al verla atrapada, la enganchó del brazo como si fuera su salvavidas.
—¿Ya terminaste de ver?
Al notar la expresión extraña de Julia, Valeria dirigió la mirada al hombre. En cuanto vio a Santiago, un chispa de interés brilló en sus ojos.
—¿Y quién es él?


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