«—Y sobre la distribución de bienes, ¿hay alguna objeción?
Al fin, una pregunta al grano.
Julia Silva respondió:
—Es un acuerdo bastante justo. ¿Qué objeción podría tener él?
Aunque German Zamora era un hombre frío y calculador, jamás había sido tacaño con ella en el aspecto económico.
—¿Y sobre lo otro?
El tono curioso al otro lado de la línea no trataba de disimularse. Julia suspiró con resignación:
—No digas tonterías. Entre Adrián Silva y yo solo existe un cariño de familia.
Diana Estévez soltó una risita pícara:
—Ah, conque el muchacho está enamorado, pero la chica no le corresponde.
El aire se sentía pesado, como si fuera a llover, y el cielo comenzaba a oscurecerse.
Julia tiró la basura, tomó su bolso y se sentó en un banco afuera.
—No tengo cabeza para pensar en eso ahora. Lo único que quiero es que Aura Sempiterna vuelva a brillar.
Al otro lado hubo una pausa.
—Julia…
—¿Sí?
—¿De verdad no tienes curiosidad por saber por qué Adrián se fue en su momento? —preguntó Diana—. Desapareció de la noche a la mañana.
Julia enredó un mechón de su largo cabello entre sus dedos, sumergiéndose en los recuerdos.
Adrián llegó a la familia Silva cuando tenía diez años y desapareció sin dejar rastro a los veinte.
Durante la década que vivieron bajo el mismo techo, Adrián nunca habló de su pasado. Como él no quería tocar el tema, Julia jamás lo presionó.
Aquel verano, ella se había ido a un campamento. Recibió una llamada del hospital informándole que su padre y Adrián habían sufrido un accidente de auto. Regresó a toda prisa, pero en la habitación solo encontró a su padre.



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