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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 38

—Cada vez que íbamos de camino a la mansión de la familia, ella iba pálida de los nervios —continuó Cristián sin poder detenerse—. Pero en el instante en que bajaba del auto, se obligaba a sonreír. Como usted casi nunca iba, ella tenía que enfrentar a toda esa gente sola. Soportaba cada queja, cada desprecio en silencio. Y cuando regresaban a casa, volvía a interpretar a la esposa perfecta y amorosa. Jamás le contó lo mucho que sufría, señor. Imagínese el nivel de estrés psicológico que cargaba todos los días.

Cristián hablaba con tanta pasión que parecía haberse convertido en el vocero personal de Julia, olvidando por completo a quién le estaba hablando.

Cuando por fin se dio cuenta de lo que había hecho, se puso blanco como el papel. Deseó abrir la puerta y tirarse del auto en movimiento.

Se mordió el labio con tanta fuerza que casi sangra, sin atreverse siquiera a mirar el retrovisor.

El rostro de German era indescifrable. Movió levemente los dedos y sacudió la ceniza del cigarrillo.

—¿Ya terminaste?

Cristián apenas se atrevió a respirar.

—C-creo que sí.

—¿Me estás diciendo que, por mi culpa, ella ha soportado un infierno?

El tono de su voz no revelaba emoción alguna, lo que asustó aún más a su asistente.

—N-no, señor, no quería decir eso... —Cristián se quería arrancar la lengua. ¿Por qué tenía que meterse en los problemas matrimoniales de sus jefes? ¡Él solo era un empleado!

Por hablar de más, recordaba que al antiguo chófer lo habían despedido exactamente por lo mismo.

En ese instante, ya estaba redactando su carta de renuncia mentalmente, mientras sus manos apretaban el volante con fuerza.

Los ojos de German estaban oscuros y profundos. Ni él mismo sabía qué sentía en ese momento. Se llevó el cigarrillo a los labios, inhaló profundamente y soltó el humo lentamente.

Era cierto... Ella nunca, jamás le había contado nada de eso.

Desde que se casaron, él había notado que las constantes quejas y molestias por parte de su familia habían disminuido drásticamente. Él asumió que simplemente lo dejaban en paz porque ya se había casado.

Como sabía que su familia era un nido de víboras, evitaba ir a verlos. En fechas importantes o reuniones, si podía inventar una excusa para no ir, lo hacía. Cada vez que el abuelo llamaba, era Julia quien contestaba, y luego ella iba a la mansión sola.

Él solía preguntarle de vez en cuando si alguien la había tratado mal, pero ella siempre respondía que no. Decía que todos eran amables y cordiales.

¿Había cargado ella sola con toda esa maldad a sus espaldas?

Capítulo 38 1

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