Después de ordenar todo, Julia observó el apartamento con detenimiento.
Parecía que había muchos más muebles y decoraciones que antes. Recordaba que no había tantas cosas.
Había más vajilla en los armarios, cuadros en las paredes y hasta ingredientes frescos en el refrigerador.
Asintió con satisfacción.
—Nada mal.
Diana daba vueltas inspeccionando todo, a veces asintiendo y a veces negando con la cabeza.
—Hacen falta unas figuras de colección al lado de la televisión. Y el color de estas cortinas es un poco apagado; cualquier día de estos te las cambio.
Julia caminó hacia el librero. Ahora había muchos libros relacionados con su trabajo, incluso algunos que ella había buscado sin éxito en mercados de segunda mano.
Los hojeó y los devolvió a su lugar.
En un rincón del estante, descansaba un marco de fotos rosa.
En la imagen, ambos llevaban chamarras gruesas, abrigados hasta el cuello, y gafas de nieve en la frente. Julia tenía la nariz roja por el frío y señalaba al hombre a su lado con una gran sonrisa. Él, en cambio, tenía una expresión estoica y miraba de perfil el mar de nubes a lo lejos.
A German nunca le había gustado tomarse fotos; ella la había tomado a escondidas.
Llevaban menos de seis meses de casados. Había escuchado que rezar en la cima del Pico Nevado traía bendiciones, y quería ir para pedir por la salud de su padre.
Pero le daba miedo escalar sola, así que insistió durante toda una semana hasta que German aceptó acompañarla.
Al llegar a la cima, amarró una cinta de los deseos en la barandilla.
Mientras descansaban, aprovechó un descuido de él para tomar la foto.
Más tarde la reveló en secreto. Como temía que él se enojara, la había dejado guardada en ese apartamento, pensando en llevarla a la villa cuando fuera el momento adecuado.
Nunca imaginó que se quedaría allí acumulando polvo por tres años.
Cuando tomó esa foto estaba llena de ilusiones, e incluso había pedido el deseo en silencio de quedarse junto a German toda la vida.
Tomó el marco y acarició suavemente su propia figura sonriente.
«Qué ingenua era. Sabía perfectamente que lo nuestro era solo un trato, pero aun así le entregué mi corazón como una tonta».
Todo porque, el día de la boda, German le había dicho: «Al unirte a los Zamora, pasas a ser parte de nosotros para siempre».

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