Pero al final, él no lo hizo.
Quizá fue porque los ojos tercos de la mujer frente a él ardían con una fuerza imposible de ignorar, o tal vez porque el rojo en la comisura de sus ojos era tan intenso que resultaba imposible pasar por alto.
Fidel soltó su mano poco a poco.
Al final, solo suspiró y murmuró en voz baja:
—No me voy a ir a ningún lado. No vuelvas a decir algo así... duerme, ¿sí?
Se dio la vuelta, dándole la espalda a Candela, cerró los ojos.
A Candela todavía le dolía la muñeca.
Pensó que Fidel se molestaría por lo que acababa de decir, que volvería a perder el control y la lastimaría de nuevo.
Nunca imaginó que esta vez él solo levantaría la mano y la dejaría caer despacio, como si todo el enojo se hubiera desvanecido en el aire.
El silencio que se apoderó de la habitación era tan denso que se sentía difícil respirar. El hombre a su lado no hizo ningún ruido, pero para Candela era imposible concentrarse en el trabajo.
Con el ceño fruncido, se levantó y fue al baño para lavarse la cara y cepillarse los dientes.
...
En la habitación, Fidel abrió los ojos en medio de la oscuridad.
Miró la noche cerrada tras la ventana, repasando cada palabra que Candela le había dicho minutos antes.
No lograba entender por qué, al escuchar que Candela le decía que fuera a buscar a Zaira, algo dentro de él se agitó tanto.
¿Era su orgullo herido? ¿O había algo más que no quería reconocer?
Poco después, Candela salió del baño.
Al ver al hombre acostado en la cama, pensó que ya se había quedado dormido.
Se sentó frente al espejo, aplicándose cremas y lociones.
En ese momento, el hombre detrás de ella abrió los ojos y la miró en silencio.
Bajo la luz tenue del cuarto, la piel de Candela brillaba con suavidad.
Fidel recordó que, antes, cuando Candela terminaba de bañarse, siempre se sentaba allí mismo para ponerse sus cremas.
En esos días, cuando recién se habían casado, él no era tan distante como lo fue después.
Candela solía hacerle bromas y pedirle que la ayudara a ponerse loción en la espalda; entre risas y caricias, todo terminaba en la cama.
Al pensarlo, Fidel se dio cuenta de que, en su momento, también tuvieron días dulces, como si el tiempo hubiera sido de miel.

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