En ese momento, Candela ya sentía que la molestia la rebasaba por completo.
Intentó soltar la mano de Fidel varias veces, pero aquel hombre tenía una fuerza sorprendente; mientras más trataba de zafarse, más apretaba él, hasta que su muñeca comenzó a dolerle.
Candela miró su muñeca atrapada y, con fastidio, soltó:
—¡Suéltame!
Fidel subió un peldaño de la escalera.
Soltó la muñeca de Candela, pero colocó ambas manos en el barandal, a cada lado de ella, dejándola encerrada entre sus brazos.
A esa distancia, podía percibir con claridad el aroma suave de su perfume, mezclado con el olor a alcohol.
En medio de la noche, ese tipo de tentación, la que va directo al olfato, se volvía aún más difícil de resistir que cualquier imagen.
Los ojos de Fidel se oscurecieron y su voz salió áspera:
—Candela...
Candela había vivido con él cinco años, bien sabía lo que ese tono de voz y esa mirada significaban.
Pero ahora, no estaba dispuesta a tener nada más con él.
Desvió el rostro, y el beso de Fidel se quedó en el aire.
Al girarse, Fidel alcanzó a ver la expresión de rechazo en los ojos de Candela.
Toda la pasión del momento se esfumó de un golpe.
A ningún hombre le gusta sentir que su esposa rechaza su cercanía, y Fidel no era la excepción.
Sin contemplaciones, le sujetó la cara y la obligó a mirarlo.
En ese instante, a Candela sí le invadió el miedo. Conocía la fuerza de Fidel, y si él se empeñaba, ella no tenía cómo resistirse.
Sus ojos se llenaron de brillo, no sabía si era por miedo o por el dolor que sentía en la muñeca.
Una lágrima rodó por la comisura de su ojo y cayó, caliente, en la mano de Fidel.
Ese contacto ardiente lo sacudió y le devolvió un poco de cordura.
Pudo ver con claridad el temor en la mirada de Candela.
Sintió cómo el cuerpo de Candela incluso temblaba ligeramente en sus brazos.
Algo se le clavó en el corazón, como un aguijón.
Soltó su agarre y retrocedió un paso.
Candela por fin pudo respirar en paz.
—Solo salí a cenar con algunos amigos del equipo, no pasó nada más. Quiero descansar.

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