Afuera del instituto.
Nadie supo en qué momento dejó de nevar, pero la entrada del instituto ya estaba cubierta por una capa blanca y suave.
Candela había llegado en el carro de Fidel más temprano, pero ahora, al mirar la hora en su celular, vio que ya eran las nueve de la noche.
El instituto se encontraba en el Distrito Luz, un sitio donde conseguir un carro no era sencillo y, con la nieve acumulada, había todavía menos vehículos circulando cerca.
Candela se quedó de pie junto a la banqueta, abrió la aplicación para pedir un carro y deseó tener suerte para conseguir uno rápido.
Con este clima, estar parada en la calle con solo un abrigo, y más de noche, no era buena idea; media hora ahí y cualquiera acabaría temblando de frío.
Apenas encendió su celular, unas luces de carro iluminaron por detrás.
El carro se detuvo justo a su lado. Dentro iban varios compañeros con quienes había estado en la reunión hace poco.
El conductor bajó la ventana. Era Joaquín, el mayor de todos.
—Candela, ¿quieres que te llevemos?
Candela iba a agradecer, pero uno de los chicos en el asiento del copiloto se adelantó.
—¡Joaquín, ¿qué te pasa?! Candela es la dueña del Grupo Arroyo, ¿crees que necesita que la subas a tu carrito?
Mientras bromeaba, aquel chico le dirigió un saludo con la mano a Candela.
—Señora Arroyo, ¿está esperando a su chofer?
—Hace mucho frío, mejor regrese a la oficina a esperar. Seguro vuelve a nevar en cualquier momento.
En cuanto terminó de hablar, la ventana comenzó a cerrarse frente a Candela.
Ella miró el cielo oscuro y luego alrededor, donde la noche ya era profunda y solitaria.
Sin dudar, Candela se acercó y tocó la ventana antes de que terminara de cerrarse.
—¿Pueden llevarme a algún lugar donde sea más fácil conseguir carro? O si pasan por el metro o una estación de camiones, también me queda bien.
Los chicos en el carro se miraron entre sí, sorprendidos por su petición.
La verdad, aunque respetaban la capacidad profesional de Candela, no sentían ese lazo de amistad de antiguos compañeros. Al final, su posición era muy diferente a la de ellos.
Joaquín fue el primero en reaccionar.
—¡Claro que sí!
Desalojó a Cristian del asiento del copiloto y le pidió a Candela que subiera.

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